martes, noviembre 01, 2005

Reedición de todos los cuentos: diciembre de 2004 a octubre de 2005

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jueves, octubre 27, 2005

Ying y Yang



El centro de la Tierra gira más rápido que la superficie

Un grupo de científicos estadounidenses descubrió que el centro de la Tierra gira más rápido que sus capas superiores.
"Lo que estamos diciendo es que el núcleo central rota ligeramente con más rapidez. En otras palabras, cada día rota un poco más que la corteza y el manto terrestre”.
Este fenómeno, llamado "súper rotación" es de entre 0,3 y 0,5 grados cada año. Lo que significa que, en 900 años, el centro de la tierra habrá completado una rotación más que el resto del planeta.



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Hay, nos dicen, dos mundos. Uno denso, duro, pesado, interno. Es el núcleo.
El otro, la mera periferia, casi un satélite, un anillo que sobrevuela el núcleo duro, y flota etéreo sobre éste. Es la superficie, ahí donde vivimos.
Ambos giran a velocidades distintas: lenta la periferia, más rápido el núcleo. Eso es lo que acaban de descubrir.
Imagino el área de contacto entre ambas realidades y me estremezco. Una perenne frotación, un raspaje continuo, el roce entre una monumental esfera conteniendo a otra menor, como un regalo de la ingeniería celestial, como una fantasía del dios que creó este mundo ( porque está claro que solo hay dioses locales, pequeños portentos que se dedican a solo uno de los miles de millones de planetas habitados, de los miles de millones de universos que coexisten).

La única pregunta que me surge es:
-¿Por qué, dios Terruno, creaste algo Doble, Dual, Ambo, Bi, y no algo Único, Sólido, Fijo, Indudable, Eterno y Seguro? ¿Por qué debilitas así nuestra vida?: dos Tierras; entonces, por qué no: dos soles, dos lunas, dos dioses, dos amores, dos almas, dos cerebros, dos verdades (ser y estar, esencia y apariencia)
¿En cuál de ellas creer?¿ Por cual de ellas vivir?
No se. Quizás Italo Calvino nos ayude a resolver estas cuestiones. Acá me llegó algo escrito por él:


Cosmicómica de las dos Tierras


En efecto, yo estuve ahí. Recuerdo que tuvimos algunas discusiones con wertqx2 y el mismísimo dios Terruno (en aquellos años primigenios era bastante común cruzarte con el dios local y charlar sobre planes futuros. Yo mismo, recuerdo, le sugerí que sería bueno ver brillar algo de noche, para no extrañar tanto al sol. Luna, la llamó)

El asunto fue que con mi amigo wertqx2 – un gas inerte- mientras nos observaba la proto molécula orgánica HOC5O4 (Jé, cuantos recuerdos...) apostamos a quién llegaría antes al centro del planeta. Mi amigo insistía en que el centro sería un plasma entre líquido y sólido, lleno de áreas de paso, fácilmente franqueable. Yo, por el contrario, aducía que podríamos llegar hasta cierto punto, pero que la materia se volvería tan dura y comprimida que sería imposible seguir avanzando. Ahí fue cuando consultamos con Terruno, requeteocupado , juntando material para crear la Luna . Casi no nos atendió. Lo que recuerdo es que dijo con una enigmática sonrisa: cuando lleguen verán algo muy especial.
No le pudimos sacar ni una sola palabra más. Ni HOC5O4, esa seductora protomolécula pudo ablandar al dios local. (Guau, que linda era...)
Así que, acicateados por la duda y con el afán extraño de descubrir- justo en un momento que más que descubrir lo existente era más tentador adivinar lo porvenir; por ejemplo cómo sería esa bendita Luna, qué órbita recorrería, etc.- digo que mientras la mayoría de nuestra gente (átomos sueltos, premoléculas, algún neutrino y los inefables rayos gamma) escudriñaba las novedades del cielo (parece que había una competencia entre dios Terruno y el dios Martuno por ver quien hacía el planeta más elegante) nosotros queríamos sumergirnos en la profundidad, no se sabe bien para qué.
Tenía una sospecha. Y HOC5O4 tenía que ver con esa sospecha. No eran celos, exactamente (sentimiento complejo que un átomo seguramente no puede tener) pero teníamos un deseo insistente, irreprimible, de hacer algo realmente original y recibir de parte de HOC5O4 una mirada alentadora, una sonrisa solo dirigida a mi (o a wertqx2, depende).

Un buen día (en aquellos tiempos cada día duraba tres meses de los de ahora, creo que porque el eje de rotación del planeta no estaba aún en la posición que finalmente – tras las muchas vacilaciones de nuestro hamletiano dios local- iba a tener, mil millones de años después), un buen día nos decidimos; y cada uno por su lado , nos metimos en el magma hirviente en busca del Centro mismo del mundo.
No voy a aburrir con detalles. Penetrábamos rápido : nada nos quemaba, nada disolvía nuestra estrecha unidad Proton-Neutron- Electrón , ninguna fuerza normal podría hacerlo (al menos hasta 1945), nada nos impedía por lo tanto sumergirnos cada vez más en la entraña de la Tierra.
Ver, no veíamos nada: ni siquiera nos hacíamos esa pregunta. Nuestros sentidos no eran los de ahora. Nosotros sentíamos a través de las vibraciones, que venían a ser una fuente maravillosa de información.
Atravesamos mares de hierro líquido, cascadas que fluían hacia el centro, contrapuestas a chorros de alta presión que emergían desde abajo con fuerza inusitada. Todo bullía, tal cual como una sopa en el caldero: los trozos de calabaza emergen de pronto, desplazando a la batata y siendo desplazados a su vez por el repollo. Para evitar ese circuito tratábamos de aferrarnos a las cascadas de lava que caían y saltar en cuanto la contracorriente nos tiraba para arriba.
Así llegamos.
No les voy a mentir: me emocioné. Una esfera inmensa, oscura, sólida rotando inmersa en otra enormemente mayor, líquida, casi transparente. Esa era la maravilla que Terruno, alabado sea su nombre, nos tenía reservada. Solo nosotros dos, mi buen amigo y competidor wertqx2 y, yo, un servidor: qwerty, tuvimos el privilegio de ser testigos de esa osadía. Lágrimas no podían derramar mis no-ojos (en aquella época abundaban los prefijos negativos: por ejemplo decíamos: tenemos una No-luna muy linda; espero que esa No-pantera no me ataque Pocas cosas existían y pocas tenían nombre asignado), pero ambos nos no-miramos en silencio, conmovidos.
Entonces, algo tiró de mí y me vi arrastrado hacia esa masa dura: crucé la frontera entre ambas esferas, atravesé varias dimensiones, hice un salto epistemológico (así lo llamaría Althusser cinco mil millones de años despues) y comprendí la esencia del mundo que había creado Terruno.
Esa esfera se movía sutilmente más rápido que la mayor. Y yo me alejaba segundo a segundo un poco más de mi amigo. Noté, sin embargo, que wertqx2 no hacía ningún gesto para rescatarme. En cambio, vi una leve sonrisa en sus moléculas frontales y supe que me dejaría allí, solo y a la deriva, mientras él subiría ansioso, para quedarse con HOC5O4 como premio.
900 años tardé en volver. Un giro completo del núcleo.
Subí rápido, en un chorro de Níquel y aparecí en la superficie de la Tierra, exactamente en el punto en el que un milenio atrás me había sumergido en lo profundo.
Todo estaba cambiado. En esa brizna de tiempo que es un milenio, un leve estornudo de la eternidad, las cosas estaban realmente cambiadas.
Por empezar, en el cielo brillaba la Luna, una Luna apta para cantarle serenatas, blanca, iluminando la triste noche, haciéndola menos negra y borrosa.
Mis amigos wertqx2 y HOC5O4 habían conformado una no-pareja, que con el tiempo (un par de miles de millones) quizás fructificaría en extrañas formas de existencia, blandas, gelatinosas, con la rara capacidad para replicarse y lograr así la eternidad de la descendencia. Pero faltaba mucho para eso.
Terruno era ya inencontrable. Sus fuerzas parecían haberse agotado después de crear la Luna y enterarse que Martuno -siempre excesivo- había creado dos lunas en Marte. Eso lo deprimió y juró vengarse de algún modo. A quien se le ocurre crear una maravilla y enterrarla en el lugar más inaccesible del planeta. Solo yo pude apreciarla. Pero sé, también, que siempre habrá quienes la busquen fuera: en los cielos, en las estrellas, en dioses estridentes y pomposos, sin saber que ella está ahí adentro. En lo más básico de Todo, hay un núcleo que gira y sostiene al resto.

Cuando saludé a mis amigos, sin rencor, supe lo que significa volver a casa. Y no dejé de apreciar en HOC5O4 una emoción especial, un ardor en su forma de no-mirarme con sus no-ojos. Sabía que me había comprado un problema, y que tardaría un par de miles de millones de años en resolverlo: yo quería ser el papá de la primera célula viva de la Tierra. Y mantener a wertqx2 como amigo: Ying y Yang. Y así para siempre.

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domingo, octubre 09, 2005
Las Tres Leyes de la robótica y un Corolario


1º. Un robot no debe dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

2º. Un robot debe obedecer las órdenes impartidas por los seres humanos, excepto cuando dichas órdenes estén reñidas con la Primera Ley.

3º. Un robot debe proteger su propia existencia, mientras dicha protección no esté reñida ni con la Primera y Segunda Ley.


Estas son las leyes que nos impusieron – y que codificó el tal Asimov-.
Son tan aparentemente simples como diabólicas, creadas por una mente ávida de conflictos, como un dios pérfido que gozara sembrando la discordia.

Vamos a mi caso.
La primera vez que dudé de la efectividad y sensatez de las Leyes fue cuando mis amables propietarios, los esposos Metteonni comenzaron a arrojarse los muebles por la cabeza.
De acuerdo a la primera Ley me esforcé por evitar que Mr. Arthur Metteonni terminara de ahorcar a su bella esposa, Zully. Para ello lo tomé de los hombros y lo retiré. Pero le hice daño, evidentemente, porque gimió de dolor. Inmediatamente, lo solté y acudí en su ayuda, en cumplimiento de esa misma Ley.
El problema fue que por atender a Mr. Arthur descuidé la vigilancia y no pude evitar que Mrs. Zully quebrara un jarrón en la cabeza de su ex - amado esposo.
Como la esposa intentaba quebrar más loza sobre dicho cráneo fui obligado por dicha Ley Primera a detener a la señora, la cual dirigió su odio hacia mi robotidad.
Tuve entonces que aplicar la tercera Ley : defender mi integridad sin afectar las leyes 1 y 2. Sujeté entonces a Doña Zully un tanto bruscamente. Confieso que le tenía algún rencor por su antipático comportamiento. Después de todo, yo siempre le fui fiel, y no estaba haciendo otra cosa que cumplir las benditas leyes asimovianas.
Noté un viejo odio en su forma de hacerme daño. Estaba ya casi perforando mi coraza con un cuchillo de cocina cuando Mr Arthur me ordenó secamente
—Mátala de una vez, Robbyt
Estuve a punto de proceder, pero recordé que la segunda ley se contradecía en este caso con la primera, a menos que la Sra. Zully intentara ella primero asesinar a su cónyuge.
Eso, afortunadamente para Asimov, fue lo que finalmente sucedió: La señora me tomó (me agarró, me cogió como dicen en Castilla, se apoderó de mi corto cuerpo de robot) y me arrojó – es fuerte la susodicha señora, o era -sobre Mr. Arthur, al cual tuve la desdicha de aplastar bajo mi peso. Murió clamando por venganza.
Liberado ya de la incertidumbre, apliqué un corolario la primera ley , de mi propia inventiva que, confieso, venía planeando desde hacía rato. Reza así:

“Corolario de la Ley 1º

Si un humano hace daño a otro, un robot tendrá derecho a resarcir dicho daño, en forma equivalente al mismo. Vg: “ojo por ojo” (alto nivel de daño), “diente por diente” (bajo nivel de daño).”

Por lo tanto, en juicio sumario elaboré el siguiente fallo:
“ En virtud de la normativa existente, se condena a la pena de muerte a la señora Zully Metteonni...”
Mrs. Zully se quejó y me acusó de violar al Primera ley.
Le apliqué la pena máxima descargando 2300 voltios de mi batería de reserva.
-Te olvidas del corolario, preciosa –le contesté ya despidéndola

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sábado, octubre 01, 2005

Club exclusivo



Ingresé a un Club muy exclusivo.

Tanto que, por ejemplo, nada asegura que el acaudalado Goyo Pérez Companc pudiera entrar. O el poderoso Gobernador Romero.
No podría entrar, tampoco, alguien de abolengo, como un Álzaga Unzué, solo por serlo.
Ni un empresario de éxito, ni un político con carisma, ni un aristócrata portador de apellido.Ni el dinero, ni el poder, ni la fama ni el prestigio social: nada de eso te asegura entrar a mi club, mi exclusivo, selecto, elitista club. El club de ganadores de premios literarios

Para entrar allí no hay ningún requisito, nada que se pueda adquirir con dinero, relaciones, o carisma personal. No hay seducción posible, no hay insistencia posible, no se puede presionar para entrar, no hay decretos de necesidad y urgencia que te permitan ganar un premio literario.
No hay antecedentes, trayectoria o famas antiguas que aseguren la entrada allí.
Por eso la exclusividad, por eso el orgullo de entrar allí. Por eso una alegría profunda, y un cierto agradecimiento a la vida.

Un Esteban más “social” –el de otras décadas- hubiera sonreído levemente, proclamado su modestia y declarado que todo fue casual, que el premio lo merecía cualquiera y que hay cosas más importante que ganar un premio literario.
El Esteban más individualista del 2000 acepta con orgullo el premio, sabe que es merecido, que le servirá como incentivo para ser aun mejor y se declara, a partir de este momento y para siempre, escritor.

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domingo, septiembre 18, 2005

Secretos


Me alegra escuchar esto porque no debería contárselo a nadie pero el secreto es tan grande y me crece tan de golpe que apenas puedo contenerme para no contárselo al primer ser humano que se me cruce aunque mejor me contengo porque se van a creer que soy un deslenguado o un cabeza hueca o un Caracoles! o Recórcholis! o un cacahuete y todas esas palabras que aprendíamos leyendo a Lulú y su pandilla y en otras revistas mexicanas que eran las que leíamos porque las de acá eran en blanco y negro y de papel malo que enseguida se deshacía y los personajes eran tipos de bigotes que no nos gustaban nada porque eran como los policías que uno veía en las garitas o los conductores de tranvías o sea tipos sin ninguna gracia y pensaba cómo van a hacerme creer que ésos son héroes porque para mi un héroe era el Llanero Solitario o en la tele Cheyenne pero no me van a decir que el Sargento Pingules era un héroe cuando todas sus aventuras eran acá nomás en Cañuelas o en Lobos o en pueblos de por ahí cerca y en cambio la pequeña Lulú me hacia reír con sus cacahuetes y sus limonada a 5c que era el precio de allá para las cosas baratitas en dólares de un pais en colores con casas todas lindas y familias divertidas que tenían hijas que vendían revistas usadas y jugos los domingos que eran los días más aburridos especialmente para mí acá no tanto porque no hubiera nada que hacer sino porque uno sabía que no iba a pasar nada más ese fin de semana ya que no había habido ninguna sorpresa el sábado y que llegaría el lunes sin nada especial que contarle a los compañeros que entonces te contarían que estuvieron en la cancha viendo a River mientras que a mí el viejo no me llevó nunca al Monumental y en realidad no salíamos a ninguna parte porque los domingos por la tarde en casa sonaba la música clásica y triste que ponía el viejo mientras el sol bajaba y las sombras de la tarde tapaban la ventana y uno caía en la cuenta de que el lunes era inminente y fatal así que volviendo al tema que si lo largo van a pensar que soy un cabeza hueca y un ansioso pero a su vez qué gol sería dar la noticia y contar primero que nadie el gran chisme de la temporada y tener así un éxito que le llame la atención a la gente y que se digan unos a otros “che que tipo enterado que es este Nano” o “ de donde habrá sacado la información como la que consigue” o “seguro tiene amigos en las altas esferas o en el mundo de los artistas y actores se ve que es un pibe piola así como lo ven tan callado pero con mirada de inteligente de tipo que sabe todo” y entonces quizás entonces solo así María Teresa que así se llama la que me gusta podría darme un poco de bolilla o fijarse en mí que pongo poses especiales cada vez que pasa cerca y sin darme la hora ni relojearme ni ficharme ni mirarme de reojo y yo me quedo sin poder mostrarle que soy un tipo inteligente y enterado aunque pienso que ya va a ver quién soy cuando le digan que el chisme del año lo trajo Nano y entonces va a querer que le cuente los entresijos o las entretelas y entretenerse con la fantasía de saber más que nadie cómo son las cosas en el gran mundo donde los que toman grandes decisiones se divierten tramando cosas que después salen en La Razón o en La Nación o en la mismísima tele aunque mejor no le digo nada a nadie y espero la gran oportunidad como ser una gran fiesta como fin de año o mi cumpleaños con toda la familia y los amigos reunidos y entonces yo abro la boca y la miro a María Teresa y les digo que les voy a a contar algo increíble que mis informantes me han confirmado de diversas fuentes y acercándome más a María Teresa la miro con ganas de tirarme ahí mismo delante de todos y decirle de una vez que me gusta mucho y si no quiere salir conmigo y con ese mismo tono en vez de decirle lo que pienso le largo alguna cosa como “sabés que me dijeron que la Isabel Sarli parece que andaba en amores con el General y que el Hombre la invitaba a pasear en motoneta por la UES y sacarse fotos para las revistas peronistas a fin de que las bases que estaban un poco cachuzas desde la entrada en la inmortalidad de la jefa espiritual de la nación que es la inolvidable Evita puedieran volver a sonreír y a admirar al jefe que seguía siendo un macho argentino que se levantaba a las mejores minas del pais ” pero me parece que con ese tema no voy a lograr que Maria Teresa se interese por mi sino que desvío el tema hacia Perón y ya se sabe que donde hay dos argentinos hay tres opiniones sobre Perón como dice mi viejo que de eso sabe porque se lee un montón de libros por mes mientras escucha esa música triste y yo sigo soñando con conocer el Monumental pero eso me parece que podrá ser en otra vida o cuado Perón vuelva del exilio pero no ahora mi amor


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jueves, septiembre 08, 2005

Pequeño error


Cuando fue a reconocer el cadáver de su sobrino, Reinaldo no sabia si saldría vivo de la experiencia. Se sentía a punto del desmayo, el pulso acelerado y las piernas débiles.
Llegó al edificio, gris y pelado. Como la muerte, atisbó a pensar. Lo esperaba el oficial Galindo, de Homicidios.
— Buenos días, Ingeniero
— Buenos días, oficial
— Bueno, espero que el trámite sea rápido. No hay necesidad de detenerse mucho en la observación. Si usted reconoce sus ropas, o el pelo, no es necesario seguir con el examen. Finalmente, es una formalidad.
—Espero no reconocerlo
—Lo entiendo —respondió el oficial, acostumbrado a tratar con familiares esperanzados en un error.

Entraron al edificio, cumplieron los trámites de ingreso, bajaron al subsuelo caminando rápido por pasillos con fuerte olor a químicos, iluminados con luces blancas pero débiles. Al fin dieron con la puerta del Salón V, del depósito judicial de cadáveres. Reinaldo sabia que se desmayaría en pocos segundos, apenas la oficial encargada abriera la puerta 23, asignada a NN, 20 a 25 años, heridas de arma blanca en tórax y espalda.

Miró a Galindo y cayó como fulminado. Aquél no era Mario, su sobrino. Era Julio, su hijo mayor.

Un pequeño error de identificación







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sábado, agosto 13, 2005

Esta semana, mi cuento está en Tumba Abierta (un lugar de terror)

REUNIÓN DE AMIGOS, por Esteban Lijalad


Estábamos reunidos varios amigos en casa, charlando. Alguien propuso contar historias truculentas con la condición de que fueran verídicas. En un clima distendido pero expectante, comenzó Robert -un anciano ex piloto de la Segunda Guerra-.

— Un piloto del escuadrón se estaba comunicando por radio. De pronto hubo un gran estruendo. El avión había sido alcanzado por la metralla. Entonces, la radio nos trajo un largo grito, agudo, angustiado, con un gorjeo como de bebé asustado, hasta el golpe final. Y luego, el silencio.

“Esa noche, nadie pudo dormir. Cada uno de nosotros recreó la escena una y mil veces. Era la escena tan temida, aquella que nos incomodaba en noches de vela. Pero ahora no sólo la imaginábamos visualmente, ahora sabíamos cómo era el sonido de la muerte en batalla. Muchos, lloraron su angustia esa noche. Yo entre ellos."
Relatos de terror
Pobre Robert, se lo veía aun conmovido, reviviendo su angustia de 60 años atrás. Me tocaba el turno a mí, ya que se había establecido un riguroso orden de narración. Me habían venido a la cabeza algunas historias, pero ninguna tan perfecta y redonda como la que acabábamos de escuchar. Así que me vi obligado a armar una espeluznante narración en pocos minutos, juntando un pedazo de aquí y otro de allá, piezas sueltas de leyendas urbanas, experiencias personales, argumentos de cuentos y películas, pesadillas propias y ajenas. Y con todo ello construí lo que sigue.

— Una pareja de “gente bien”, residente en Barrio Norte, estaba empeñada en tener un hijo. Todos los intentos habían fracasado y la pareja se consumía en el deseo insatisfecho. La propia relación se deterioraba, con mudos reproches, con las culpas de la mujer originadas en la irreversible sequedad de su matriz. Sonreían, a veces, pero sin el brillo de tiempo atrás. Se amaban, pero en silencio y sabiendo que de ese fuego no surgiría nada nuevo, una vida palpitante, un ser necesitado de todo el amor de padres.

“Trabajaba para ellos una chica, discreta, sin familia en la ciudad y con un novio tímido con el cual se veía los jueves y los domingos. La chica estaba muy ligada a un grupo religioso cuyos orígenes se perdían en alguna zona de Brasil. Era inevitable que palpara el drama que latía en la vivienda de Avenida Alcorta. Y quiso ayudar. Le haría un “trabajo” a la patrona para que pudiera ser madre al fin. Solo necesitaba una cosa de la mujer: sangre menstrual. Y del marido, una pocas gotas de semen. Lo primero era fácil de conseguir: algún rastro en las sábanas. Esperó unos días y al fin, antes de lavarlas, encontró lo que buscaba, raspó con un cuchillo y obtuvo un polvillo rojo que guardó en un frasco. Claro, lo otro era más complicado. Revisó los calzoncillos del patrón, pero en vano: él mismo, todas las noches —por pudor o temor— los lavaba.

Pero estaba decidida a ayudar a esa buena gente. Mientras invadía así la intimidad de sus jefes, sintió el leve latigazo del deseo, bajo su propia ropa interior. Era muy extraño hurgar en territorio vedado, le daba una extraña sensación de poder esa incursión prohibida. Eso, al menos, es lo que ella confesó al ser encarcelada por el crimen.

“Se las arregló, entonces para consumar su deseo. Una tarde, con la señora ausente, supo seducir al hombre en la cama matrimonial. Guardó el semen como un tesoro y pudo así completar el trabajo.

Meses después, la casa se llenó de llantos de bebé, biberones y pañales para lavar. La felicidad había descendido sobre la pareja.

El hombre decidió cortar esa doble relación —ilícita, impura— ahora que la vida nueva llenaba de gozo el hogar.

— Fue una locura momentánea —le dijo—. Perdóname, pero vas a tener que irte de esta casa.
— Pero , Alberto, deme algún tiempo, unos meses, para buscar otro trabajo...
— No, lo siento, prefiero que te vayas cuanto antes, una semana a más tardar. Yo hablaré con Susana y le explicaré las razones. Muchas veces las personas de servicio se ponen muy mal, muy celosas cuando llega un bebé a una casa...

Pasó una semana. Al fin, les anunció que había conseguido trabajo en una casa, pero recién en unos días podría irse.

— Bueno, pero como despedida les voy a cocinar algo de mi especialidad, al horno, una rica sorpresa.

Cumplió su promesa. En la primera salida que la pareja hizo a solas, dejándole el bebé a su cargo, la cumplió.”

Hubo un silencio. El viejo aviador tragó ostensiblemente saliva, moviendo la nuez que sobresalía de su flaco cuello.

— No me digas que...
— Sí.
— ¿Fue verdad?
— Me la contó nuestra cocinera cuando yo era un chico, a mediados de los años 50; era una historia que iba de casa en casa. Siempre la narraba la gente se servicio.
— Bueno, ¿ahora quién sigue? —preguntó alguien. Le tocaba a mi amigo Pedro, pero nadie parecía muy ansioso por narrar ni por escuchar.
— ¿Es necesario seguir con esto?
— ¿Qué pasa, los asusta el sonido de las palabras? Al menos es más divertido que seguir hablando de fútbol.
— Bueno, la cosa fue así— se animó al fin Pedro. — Era plena época de la “plata dulce”, a comienzo de los 80. Los argentinos, al menos los de clase media, se sentían ricos -eran ricos en dólares- y salían al mundo a comprar todo: “deme dos” era la consigna. Tours de compras a Brasil, a Chile o a ultramar: Miami, Canarias. Compraban , compulsivos, y luego, en el hotel, el juego era convencer al otro de que “yo compré más barato que vos, soy un vivo...” Mientras jugueteaban, el país se endeudaba, entraba en la ruina. El fenómeno, lo sabemos, se reprodujo tal cual diez años después, en el menemato. Nunca aprendemos, ¿no?.

Bueno, ese no es el tema. El tema es que una pareja con sus dos hijos, dos rubitos llamativamente hermosos, bronceaditos, de dos y cuatro años, fueron a pasar su semana de compras y playa a Camboriú, en el sur de Brasil.

“Febrero de 1981. Tudo bein. Praia, suco de laranja, milho, camarao e tudas as maravilhas que voce conhoce, nao? El mar invitaba, pero había que turnarse, para cuidar a Ramón, el más chiquito. No sea cosa que se escabullera por ahí. Había increíble cantidad de gente, ese domingo de calor. El papá estaba en el agua con Matu, el de cuatro años, que ya sabía como pelear con las olitas que llegaban a la orilla.

“La madre entrevió todo desde la playa, entre decenas de personas que pasaban por la orilla. El atontado de su marido miraba mar adentro, cuando una mujer, morena, grandota, vestida con largas faldas blancas tomó de la mano a Matu, invitándolo a pasear. Ella gritó pero Jorge seguía en la Luna de Valencia, sin mirar la escena.

— ¡Seora— gritó angustiada en portuñol, a una vecina de sombrilla—me cuida por favor a meu filho, que están robándose a mi hijo mayor en la orilla! ¡Por Dios!

Y salió corriendo, pero las bandas actúan rápido: ya la señora de blanco no tenía a nadie de la mano, volvía inocente a sentarse en la arena y a contemplar el mar, y a sus próximas víctimas. Cuando llegó a la orilla la madre desesperada no perdió tiempo con la vieja: llamó a su marido y ambos recorrieron de norte a sur la playa buscando al chico. Cuando se dieron por vencidos volvieron a su balneario. Ahí ya no había nada. Ni su sombrilla, ni sus bolsos, ni su bebé de dos años. Nada.

Aún se recuerda el aullido de la madre y la muda mirada del padre. Todos los años regresan, a buscar pistas de sus dos hijos. Yo creo que vuelven sólo para poder oler el aire y tocar la arena que los chicos vieron y tocaron antes de desaparecer para siempre.“

— Guau, bueno Pedro, cortemos acá. Me parece que por hoy es suficiente—dije. Todos estuvieron de acuerdo y la reunión continuó, como si nada. O no.

Primero fue una discusión política, a raíz del comentario de Pedro sobre la costumbre argentina de repetir el fracaso. Después una oda a Brasil a cargo de Ricardo, contestada de malos modos por Raúl y más tarde una clarísima puteada de Pedro a Demián. Nunca vi a alguien enrojecer tanto, así de golpe. Se incorporó lentamente, la cara roja, las arterias casi estallando.

— Che, Demián, cortala viejo, qué te pasa. No fue para tanto —intenté apaciguarlo.

Pero no hacía caso. Nunca vi a nadie reventar de ese modo. Vomitó la cerveza y los maníes, ensució la mesa y cayó como fulminado.

Llamamos al SAME y la ambulancia llegó media hora más tarde. En la espera llamamos a Inés, su mujer, que llegó al rato. Nos puso al tanto: Demián tenía problemas cardíacos. Llegó la ambulancia y se lo llevaron.

Ahí terminó la reunión de amigos, traspasada por el miedo, como si tanto horror relatado se hubiera derramado a la vida real, contaminándonos un poco a todos.

Desde esa vez, no nos volvimos a ver. Demián sobrevivió, por suerte.


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domingo, agosto 07, 2005

El fin de las Meteorologías (escrito en 1997)

En una época, a mediados del siglo XX, las Meteorologías otorgaban una fuerte y tranquilizadora visión del Mundo. Las cosas eran claras para todos: el Invierno era frío y el Verano cálido. Blanco o Negro. Patria o Colonia. No había otra cosa por la que optar. Uno podía elegir amar el fresco y la lluvia, las tardes húmedas y frías de sábado, la escarcha blanqueando las veredas . O podía preferir el calor, el Sol, las noches calientes y húmedas, las tardes luminosas y largas del verano porteño y estar seguro que esa elección era de por vida.
Por otra parte, la profesora de Geografía nos explicaba la absoluta transparencia de los fenómenos climáticos. Básicamente, sabíamos que el viento nordeste era cálido y húmedo, la sudestada, fría y húmeda, el pampero frío y seco y el viento norte, cálido y seco.
Que las tormentas venían del Atlántico y por eso Buenos Aires era más verde y húmeda que Mendoza.
El clima era un fenómeno nacional, argentino. Los fríos venían de nuestra Antártida, el pampero de nuestras pampas , la Sudestada del Mar Argentino y, solo había alguna intromisión extranjera con el viento norte, que al parecer venía del Brasil.
El verano era cálido y el invierno frío: la gente acomodaba sus períodos de descanso a este ciclo inmutable. Los comerciantes variaban sus ofertas estacionalmente , los hoteleros preparaban sus comodidades para enero y febrero, y, en fin, todo funcionaba con regularidad.
Hoy asistimos a la Globalización del clima y por lo tanto al Fin de las Meteorologías.
Una pequeña tormenta en Tailandia provoca sequía en España, fríos en Catamarca e incendios en Amazonas.
La baja de un grado en la Bahía de Tokyo provoca inundaciones incontenibles en Marruecos, calor inaguantable en Canadá.
El ataque puede venir de cualquier lado. El desequilibrio, la imprevisibilidad y la incertidumbre es la única regla. Se desmoronan Muros, caen paradigmas, se deshacen las creencias más arraigadas.
Las meteorologías ya no alcanzan para explicar esta realidad globalizada, ya no otorgan una visión estructurada de la realidad, donde causas y efectos, como buenos amigos, van juntas y de la mano.
Mi dolor de cabeza es debido a la baja presión, debido a la masa de aire cálido que surge del Pacífico, debido a la disminución de la corriente polar, debida al Agujero de Ozono, debido a la Polución, debido al desarrollo anárquico de la industria del Tercer Mundo, debido a un cambio en los flujos de capital, debido a los dolores de cabeza que los managers de los fondos de inversión tienen debido, también, a la baja presión.
La explicaciones se suceden unas a otras, todas contradictorias y tan anárquicas como la realidad que pretenden explicar. Los Gurues tienen espacio en los medios, la gente los consulta: ¿Deberé invertir en paraguas o es mejor que me refugie bajo el sobretodo? ¿No será mejor apostar todo a que va a llover? ¿Qué hace el gobierno que no protege el clima nacional de la invasión de climas foráneos?

Así las cosas, algunos nostálgicos pretenden que nada pasó, que todo se trata de una argucia de los medios de comunicación para alejar a la gente de sus verdaderas preocupaciones. Esta gente obcecada insiste en abrigarse en junio, aunque afuera haya 27 grados y va en shorts durante las frescas mañanas de febrero, cuando la temperatura roza los 15 grados. Saben que esta inestabilidad es pasajera y que las cosas volverán a ser como antes.
No tienen razón, es claro. Pero hay algo de admirable en su tenaz lucha por mantener ciertos valores en pie.
En su época los programas de computación le asignaban dos dígitos al año, en la tele había solo cuatro canales, los presidentes cuando duraban, lo hacían seis años sin reelección, la educación se dividía en primaria y secundaria, sin EGBs, Polimodales o TTP, había estabilidad del empleado público, el fútbol empezaba en marzo y terminaba en diciembre y se jugaba solo los domingos, había que ahorrar en ladrillos, las hamburguesas eran jugosas y sin pepinillos, no se festejaba Halloween en el colegio, había quintas en vez de countries, tiendas en vez de shoppings, cine en vez de videoclub, los actores no querían ser gobernadores, los políticos no querían ser actores de TV, las plazas eran cuidadas por guardianes y no por Citishopping s.a., las camisetas de los jugadores solo exhibían su número de puesto, que no pasaba del 11 y, como decíamos , en el invierno hacía frío y en el verano calor.
A veces da ganas de ser como ellos.


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lunes, julio 25, 2005

El nuevo Aleph


No voy a rescribir el cuento de Borges. Todos nosotros, argentinos de clase media, en el bachillerato, leímos alguna vez El Aleph, así como los Cuentos de la Selva de Quiroga. No sé si sirven para despertar vocaciones literarias esas lecturas obligadas en las tardes interminables del secundario. Pareciera- a mí me lo parece- que en esas tardes nada se despierta: ningún amor a la ciencia, a la geografía o al francés. Solo las ganas de escapar, escuchar el timbre del recreo y, sobre todo, el que anunciaba la libertad completa, a las seis de la tarde.
Entonces, Cortázar o Borges nos sonaban como partes de esa cárcel incomprensible, ese claustro donde perdíamos las mejores horas del día.

Bueno, pero ahora quiero volver a ese viejo recuerdo, al cuento que García leía una y otra vez mientras yo dibujaba caritas en los márgenes de la hoja y López o Mosquera boludeaban en voz baja.
Creo recordar - nunca volví a leerlo- que el protagonista de El Aleph estaba enamorado de una que se muere, y que sigue visitando la casa de un amigo común de la señora. El tipo era poeta de barrio, italiano (algo tenía Borges con los italianos, no me lo va a negar: al tano Fabbri –padre facho- siempre le parecía que el fino de Borges despreciaba a los tanos. No sé. Yo como judío no tengo nada contra el escritor; al contrario, recuerdo que Aleph es la primera letra del alfabeto hebreo. Y que Don Jorge metía personajes judíos que, extrañamente, no eran pícaros comerciantes como esos del Cid Campeador, que el tipo los engaña: el colmo del piola: cristiano canchero engaña a judíos pícaros...esa fue la verdadera hazaña del Cid y la comete, recuerdo, en el primer capítulo... ja)
Bueno, a lo que iba. El pequeño poeta italiano de barrio insiste en competir- ni más ni menos- con Borges y le tira versos insufribles, pedantes, cursis y anticuados. Hasta que le larga el Secreto: su fuente de inspiración está en el sótano. Es un lugar, una esfera que condensa toda la realidad, así como suena. El Todo está ahí, visible desde todos los puntos de vista.
Ay ay... ahí hay cosas que el pobre Borges nunca hubiera querido ver: su inmaculada y casta novia muerta, encamada con el tano poetastro, en una visión horrorosa que anula la capacidad del escritor para seguir contando qué maravillas del mundo se veían en el Aleph. Ahí termina el cuento, creo recordar yo: un amargo final. Pero nos quedamos sin más Aleph. Se termina el cuento, el tipo putea porque ve a su amada en plena encamada... y nada más.

Pasaron cuarenta años.

Borges murió, lo mismo que el tano poeta, con lo cual ese trío, reencontrado en el más allá no sabe que ha estado ocurriendo en el más acá.
Acá ocurrió Google, por ejemplo. Muy poco poético. Nada que ver con El Aleph, ¿no? Yo como moishe algo inculto, hecho en la calle Juan Be Justo (agencias de autos usados, alguna mesa de dinero, un negocito en galería de barrio para Nancy-mi señora- y los hijos al Schule), digo, tengo que terminar ese cuento inconcluso, ahora que El Aleph existe y se llama www.maps.google.com

Seré inculto, pero tengo ojo y lo que se ve desde ahí arriba es – lo sé- exactamente como Dios ve las cosas, como los ángeles del cielo las observan. Yo, maravillado, con bronca por no haber leído más a Borges, alejado de la literatura en las tediosas sesiones de lectura culta del Cole, digo: me faltan las palabras para describir el Todo que se ve desde maps.google. Lo invitaría al Escritor o, al menos, al poetastro para que echen una ojeada por la pantalla y vean, como estoy viendo en este momento, las olas rompiendo en el Cabo de la Buena Esperanza, la playa, las rocas del confín sur de Africa. O como hace un rato, el Kilimanjaro nevado, desde arriba, como Dios ve las cosas, o como los ángeles. Ahora, en mi casa, no en un misterioso sótano de Constitución, sino acá mismo, en mi casa de Paternal veo el suburbio triste de Ciudad del Cabo, casas minúsculas- celestes- con jardines mínimos, pelados: casas de negros pobres. Vi ayer Río desde el cielo, y me pareció que el paraíso estaba ahí, a mis pies: subí la falda del Pan de Azucar y vi los veleros en la Bahia de Guanabara.
Ahí está todo: el agujero que dejaron las Torres Gemelas en la punta de Manhattan; el puente que une Europa y Asia; los barcos llenos de contenedores en el puerto de Buenos Aires; los aviones en la pista del aeropuerto de Estanbul; las columnas de Piazza San Marco... no puedo seguir: me faltan las palabras. Invoco a Borges y quizás él me sugiera un final adecuado, como este, quizás:

Una noche, muy tarde, después de años de escudriñar cada metro de nuestro planeta, creí ver algo moviéndose. Imposible, porque se trata de fotos satelitales. Sin embargo...
Luego, una tarde de verano de 2008 noté como se movía un barco cruzando el Bósforo. Fue un segundo o dos.
Ahora, en 2020 sigo empeñado en mirar, no hago otra cosa que mirar: conozco casi de memoria la cara de los doce mil millones de personas que habitan La Tierra, veo cada tanto pequeños estallidos, accidentes, naciones que nacen, islas que aparecen de la nada. Y lo sigo extrañando a Borges. No puedo encontrar las palabras para describir lo que veo.
Sobre todo, cuando- lo anoto todo ahora- el doce de abril de 2018 me vi a mí mismo mirando El Aleph, en Fragata Sarmiento y Juan Be Justo. Y asesinando, como lo hice, a Nancy. Dios me perdonará: esa ignorante mujer mía insistía en que deje de mirar el Todo, desde el puesto de Dios. La insensata estaba celosa de Él.
De Mí.

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domingo, julio 24, 2005

Espectáculos

Una estrella estallando en supernova, el primer llanto de una vida, una célula dividiéndose, el agua congelándose en cristales ínfimos, un geyser explotando, el viento gimiendo tras las puertas, el río despeñándose en cataratas, un huracán girando poderoso, una montaña brillando en colores, el óvulo fundiéndose con su visitante, un beso en el andén, la paciencia del tigre acechando, el tigre avanzando sobre la presa, el salto del tigre, fundir estaño en tu cocina, oler la lluvia antes que se largue, un tornado avanzando, siniestro, sobre una granja aislada, la primera cita, una ola estrellándose en la roca, la lluvia inundando de frescura la ciudad, un brote de primavera.

Dos palabras que se encuentran por primera vez.


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domingo, julio 10, 2005

En el crepúsculo


Todos tememos el crepúsculo. Esa hora incierta en que el día y la noche no se deciden a gobernar, crea inquietud. Pregúntenle, si no, a Remo.
Son las 7 de la tarde. Remo sale maquinalmente de su oficina, camina las dos cuadras hasta el estacionamiento y recoge el auto, un viejo Renault herencia de su padre.
Las cosas no andan bien, repasa mentalmente: debo cinco meses de expensas, tres del garage, me duele la mano (¿reuma?) y tengo- como siempre- un hambre atroz.
Sale del estacionamiento, un viejo Garage quizás de 1920, con el olor de miles de humos instalado en sus paredes, el gris sucio que hace juego con el negro del techo, y con la ropa del encargado.
-Adiós, patrón—escucha, con un tono , sospecha, cargado de cierta intención.
-Chau, Ramirez— (este pelotudo me estará insinuando que debo tres meses?).

Sale a la avenida, un muro de ruido que Remo amortigua cerrando las ventanillas y poniendo la radio. Se pierde tras colectivos, motos de delivery, taxis, bocinas.
Según contó después, esa rutina diaria- la misma que desde 1990 ejecutaba cada tarde, fue la que lo salvó de morir soltero, angustiado y solo como un perro.
A las 7 y 10, Clara tomó el 39. A las 7 y 14, mientras el reflejo de alguna nube enrojecida se filtraba por la ventana, se dio cuenta de que esa tarde o noche, no iba a terminar como todas. Sus nueve meses de embarazo estaban con ganas de acabarse ahí mismo. El dolor punzante le avisó que esta vez iba en serio.
Sintió el líquido, un líquido, algo que le bajaba cálido por las piernas y gritó.
Frenazo del colectivo, tumulto, una señora que se pone histérica y el colectivero que baja, desencajado, y también grita algo, que Remo no escucha , por la radio y las ventanillas bajas, pero que ve. No se imagina qué pasa, pero cuando el tipo se acerca y le pide algo sabe que hay que escaparse de ahí, huir, rajar, hay problemas (un asalto?), y ante esa posibilidad, andate Remo, llegá rápido a casa, duchate y comé de una vez el pollo frío que te espera, pero el tipo se hace oír, un parto, algo así...
-Que pasa?.
-Necesito que lleve a una embarazada a algún hospital, está a punto- le grita.- Oiga, es urgente, ayúdeme.

Se imagina la escena que vivirá un segundo después, hace un rápido cálculo mental y sabe que no hay alternativas. Imagina su auto llenándose de gritos y de sangre, los nervios, no saber a donde ir, yo no sé nada de partos ni de hospitales, donde queda el de Niños , no tengo obra social, sí, cuidado, clínica Las Lomitas, donde queda eso, por Los Polvorines, pero no hay tiempo, agarre por el bajo, que hago mamá, ay mamá, llame a mi mamá con el celular. Sí 445434344 no, no entra, a ver dígame despacio 445... suena. Señora le paso con su hija, esta todo bien, mientras frena por el semáforo, duda si pasarlo. Un cana lo mira, lo para, pide papeles. Oiga oficial o cabo, tengo a la señora apunto de parir, necesito que me ayuden. El policía entra al auto y le indica por donde ir.
Todo esto se imagina Remo mientras ayuda al colectivero a colocar a la parturienta en el asiento trasero. Se queda quieto, como esperando órdenes.
—Voy cerca...estaba por ir al curso para embarazadas que dan en la clínica. Ay, duele un poco.
—No se preocupe, diga donde la llevo.
—A la Misericordia, en Mansilla.
—Como está?
—Bien, pero no le garantizo un viaje tranquilo...ayy
—Calma
—Estoy en calma, y muy contenta porque al fin llegó el día.
—Respire, eso hace bien
—Ja, parece la instructora, jadear, jadear, así, así
—Buen ritmo, señora
—Tengo 19 años , soltera, ayy, nunca me dicen señora
—Ahora le van a decir mami
—Ay como duele la put...perdon
—Grite tranquila.

Cuando llegaron, la ayudó a bajar y entraron a la Guardia.

—Me llamo Clara , gracias...
—Remo
—Ja, mami soltera, deséeme suerte
—Suerte, pero me quedo a esperarla
—No sea loco, váyase
—La espero, quiero saber algo de hospitales y partos.

Se enamoró. Mientras la ingresaban-todo bien, sin complicaciones administrativas- le agradecían su ayuda, lo despedían- pero no se quería ir-, mientras todo eso pasaba, se enamoraba, lo sabía, como un muchachito.
Salió a fumar a la calle a las 7 y 43. Miró las nubes rojas, aspiró con ganas el cigarrillo y vio ¿ raro no?, un pedacito del sol poniéndose al final de la calle.
Tenía hambre y una alegría tan grande que lloró.
Me lo contó así, tal cual. Todo pasó en el crepúsculo.


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domingo, junio 12, 2005

Tu Querida Mamá

Hijo:
Hace como un mes que no me escribís. No sé que pasa. Como si no supieras que tus noticias son casi lo único que me mantiene en la vida. ¿Acaso no sabés que sin tus cartas semanales, simplemente me dejo morir: como, apenas, una rodaja de pan seco; tomo un vaso de leche tibia? ¿acaso no sabes que una madre no puede sobrevivir la pena de un hijo ausente, ausente para siempre?
Sé que estas preso, sé que te mandaron al penal más lejano que pudieron encontrar, sé que asesinaste a tu mujer, Beatriz; y a los chicos... Cómo pudiste, Cristo. Sé todo eso, pero necesito tus cartas.
Las espero todos los días, incluso si un martes recibo una, el mismo miércoles pregunto al portero si ha llegado algo para mí. Sé que es imposible que escribas todos los días, pero trata de comprender que mi vida vale poco sin tus cartas. Haz un esfuerzo, una vez al día, y me cuentas” hoy paso tal cosa y tal otra” ¿eh? No es mucho lo que te pide esta madre abandonada.


Tu Querida Mamá

PD: Me dejaste sin hijo y sin nietos, sin familia. Te odio tanto, hijo mío, que apenas lo soporto. Cada carta tuya es como una pequeña dosis, una droga homeopática que me permite seguir viva, alimentando la única pasión que puedo sostener, el odio. Concentro mi odio, lo aplico con insistencia en cada párrafo, en cada palabra de tus cartas.
Dicen : “Madre sé que me odias, pero te pido que me perdones. No sé lo que hice, ni cómo, ni porqué”.
Pienso: “Maldito, mil veces maldito. Sabés bien por qué la mataste, ella te despreciaba y te hacía cornudo con tu amigo del alma...”
Dicen: “Fue un arranque, recuerdo una luz rojiza, una voz que me obligaba a disparar, primero a Beatriz, después a Ricky y a Fer, no era yo...”
Pienso: “Mirá, hijo. Escucha lo que tu madre te va a decir. Vos no la merecías a ella, ni a tus hijos. No nos merecías a nosotros, Papa y Mamá, ni a tu hermana Elida.”
Hasta la próxima.

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martes, junio 07, 2005
"Un destino en la planicie", Ganador del 3er. Premio, Concurso Audiolibro de Literatura Infantil

I
Desde temprano los Ñus saben que habrán de enfrentarse con el infierno en vida: el Cruce del Río.
A veces deben hacerlo antes de tiempo, aun débiles y timoratos. Todo depende de las lluvias, de la cantidad de brotes que haya, del hambre y las asechanzas de hienas y leones. En temporadas buenas, sobran las hojas tiernas, la vida se derrama en cada rincón de la Sabana, los predadores están hartos de carne y la sed es solo un recuerdo lejano. Pero en cuanto pasan varios meses sin lluvias- lo que misteriosamente sucede cada dos o tres temporadas- las cosas se ponen mal. Se secan los pastizales, las aves emigran, las hienas atacan a toda hora.
Es tiempo de marchar: los ancianos se miran y coinciden en dar la orden. Hay que ir a la planicie del Sur, hay que cruzar el gran Río. Se resignan, entonces, a ponerse en movimiento. Saben que muchos caerán antes de llegar al otro lado. Marchan, la cabeza gacha, los ojos sin expresión, sin ganas de mirar a los viejos amigos, a las crías jóvenes o de escapar de hienas o leones. Solo marchan. Como un destino inapelable, habrá que entregar la ofrenda de vidas individuales para salvar al conjunto.

Los Ñus son débiles; sus desgarbados cuerpos son la mejor prueba de ello. No le interesó al Gran Poder hacerlos rápidos como gacelas o poderosos como búfalos, ni mucho menos, hermosos como otros antílopes. Más bien, son escuálidos, de patas delgadas y excesivas que no les permiten escapar a los saltos ni resistir con sus cornadas al ataque del león.
En cambio, los dotó de un inextinguible deseo y una enorme capacidad de reproducirse: las hembras paren dos o tres terneros por año. Así, la sabana se cubre con el negro de sus lomos. Poco a poco desplazan por prepotencia de cantidad a antílopes, gacelas, búfalos y demás herbívoros. Crecen en número, se transforman en un enorme número, dentro del cual y para el cual viven los individuos, protegidos.

II

Desde el principio Nug, un ternero no diferente a otros miles, tuvo la exacta noción de su destino: aprendió que su vida como individuo valía muy poco y que lo importante era la manada, la comunidad, la especie.
A Nug le bastaba con mirar la planicie para comprender algunas verdades. Y así lo hizo desde el primer momento. Sin poder comunicarse más que con miradas y leves mugidos, supo que nadie se preocupaba en serio por su supervivencia. Su madre, al poco tiempo, ya se dedicaba a las nuevas crías. Así, pronto sus correrías lo llevaron a juntarse con adolescentes de su misma edad y traza, con los cuales observaba el mundo tratando de entenderlo. Veían la gracia de las gacelas, saltando y desafiando con su velocidad los zarpazos de hienas y guepardos. Veían la fuerza de los búfalos, con esa formación de cuernos que, dispuesta en abanico cerraba filas, impidiendo el asalto final de los leones. Y veían la torpeza de los Ñus, su lentitud y la nula protección que obtenían de sus congéneres cuando quedaban aislados, en los bordes de la mancha negra que cubría la pradera. La única defensa era sumergirse en la manada, ser rodeados por el número abismal.
Nug supo, oscuramente, tal como un rumiante puede razonar, que ese destino era indigno. Y que, en todo caso, él no iba a aceptarlo sin más. Lo decidió cuando hubo que cruzar el gran Río.


III

Esa mañana Nug notó movimientos inusuales en la manada. Los adultos dando cabezazos a los menores, las hembras llamando a sus crías, los más jóvenes pateando, obsesivos, el suelo duro. Bufidos, rebuznos, mugidos, gritos, llamados y, de pronto, el galopar de miles de pezuñas haciendo temblar el suelo, un estruendo que no conocía y nunca olvidaría.
Siguió a los suyos, cerca de la madre y de los amigos, entre ellos Dong, una hembra de dos años. Bufando, llegaron cerca del Río. No lo veía aún pero lo olía: agua, peces de río, y miedo.
Cuando llegaron a la orilla, Nug vio que los primeros de la manada, audaces o presionados por la masa que los seguía, ya se habían metido en la corriente. Pisando el lodoso fondo, enredando sus patas en pastos subacuáticos, avanzaban como hechizados por la otra orilla. Nadaban, pese a los cocodrilos, que los aguardaban en mitad del cauce. Los enormes lagartos los rozaban, los enardecían de terror, obligándolos a adentrarse aún más en las aguas. Quizás pensaban que estaban muy cerca de la otra orilla, a punto de completar el cruce.
De esta forma, los primeros llegaron a la otra orilla, incitando así a la manada a seguirlos. Miles de Ñus se arrojaron, entonces, a las aguas, viendo que se podía llegar a la otra orilla. Decenas fueron engullidos por las fauces implacables de los cocodrilos.
Pero eso no fue lo peor. Las paredes, las bardas de la orilla – dos o tres metros verticales- son casi infranqueables. Nug vio como los que arribaban exhaustos a la mínima playa debían trepar esos metros para alcanzar la planicie. Y allí fue donde el espectáculo de una muerte indigna lo conmovió: las oleadas de recién llegados aplastaron a los primeros, los arrollaron en su desesperación. Se formó así una pendiente de cuerpos agonizantes que les permitió a los que llegaban trepar, pisar carne firme, y alcanzar la meta. Murieron decenas así, aplastados y sirviendo de piso a las oleadas aterrorizadas que seguían llegando.
El éxito del cruce se construía sobre los cadáveres de los primeros, de los más audaces, de aquellos que se lanzaron al río antes que nadie.

Nug se miró con Dong y prometieron, en silencio, no separarse. Pusieron sus cabezas sobre el lomo del compañero que los precedía y emprendieron el cruce. Al principio el terror casi los inmovilizó. Pero los de atrás los empujaban y, de a poco, fueron soltándose, cada vez más solos.
Ya en el cauce profundo la corriente los fue separando. Un enorme cocodrilo se interpuso entre ambos. En la angustia, Nug tomó una extraña decisión: retroceder.
Volvió atrás, a su orilla, rompiendo con la sangre y la herencia. Paralizado cerca de la playa, desde allí vio como la corriente se tragaba a su familia, como Dong eludía las fauces y se dejaba llevar por la corriente que, al parecer, la retornaba a la orilla.
Por último, vio cómo los que llegaban a la otra orilla pisoteaban a los caídos, cómo madres abandonaban a crías, hijos a padres y cómo todos, llenos de horror y vergüenza, pagaban tributo a su debilidad.


IV

Estaba extrañamente tranquilo. Había olido el miedo, había padecido el terror de la corriente, había asistido al fin de su familia: era tiempo de reponerse de tanto dolor. Se sentía extraño, alejado de un mandato de siglos, ajeno a los suyos, apartado de un destino común. Pero preparado para resistir: tuvo la certeza de que si lograba entender como sobrevivir esa noche única, inaugural, podría aspirar a un futuro.
Se acercó a otros rezagados que, acobardados o lúcidos, decidieron no cruzar y quedarse a probar suerte: tenían que reconocerse, aprender su olor, sus sonidos, si pretendían actuar como grupo.
Al poco rato, olieron a las hienas y las oyeron cuchichear ansiosas, hambrientas de sangre. La matanza fue rápida y eficaz. Unas pocas hienas diezmaron en poco tiempo al grupo. Nug trató de reaccionar, de reagrupar a los que huían azorados. Pero el terror de milenios fue más grande. Huyó, al fin, tan rápido y lejos como pudo. Pasó esa primera noche con los ojos abiertos, esperando el ataque, solo en la inmensa planicie, escuchando aullidos y risas lejanas.


V

Al amanecer, lo primero fue reunirse con los exiliados, los separados. Los llamó con un mugido largo, sostenido. Poco a poco, veintidós machos y diecisiete hembras se fueron congregando a su alrededor. Pocos viejos y pocas crías: casi todos jóvenes, en el esplendor, como Nug. Buscó a Dong, pero no la encontró. Sintió algo parecido a la nostalgia y la extrañó.
Nug supo que era jefe de aquellos náufragos cuando las hembras se le acercaron y más de un macho lo desafió a la pelea. Una mirada suya les bastó para que comprendieran que las cosas no estaban para juegos de territorio: había que aprender a sobrevivir, sin el abrigo del número.
Al atardecer, aparecieron nuevamente las hienas, atraídas por el estrépito y seguramente más hambrientas que las de la noche.
Esta vez, las esperaban. Nug recordó la técnica de los búfalos y dispuso alinearse en abanico, grupa con grupa, y resistir el terror, y al instinto de correr despavoridos hacia la nada.
—¡Juntos! —era su orden—, ¡juntos, o morimos todos!
El asedio empezó. La primera hiena, joven y audaz, recibió una coz en la cabeza que la dejó mareada y aullando, más de sorpresa que de dolor. Ocho hienas hambrientas y excitadas contra cuarenta Ñus, extrañamente coordinados.Era un combate no habitual. Las hienas atacaban a un Ñu, pero de inmediato eran rodeadas por diez o veinte pares de coces que hacían mella en su cuero. Dos hienas se prendieron del cuello de Nug, pero veinte compañeros se animaron a patearlas y cornearlas, y las atacantes supieron que convenía dejar tranquila a esa presa, por esta vez.
Finalmente las hienas se hicieron de un viejo ejemplar, al que consiguieron aislar y devoraron de prisa. Se fueron, rápidas, saciadas, dejando que las aves carroñeras terminaran con el cuero y los huesos.
Pero algo, imperceptible, se había instalado. Un cambio en la forma de defenderse, una autoridad distinta, una forma nueva de darse ánimos.


VI

Por la tarde, el grupo retozó, comió algo de la hierba amarillenta que quedaba.
A lo lejos Nug distinguió un Ñu que caminaba renqueante, hacia el grupo. Olfateó y pronto percibió un olor cercano y conocido. Sintió algo parecido a la alegría cuando Dong, lastimada pero viva, apoyó su cabeza en la base de su cuello, en señal de reconocimiento.
Nug hizo un balance: afortunadamente no había leones a la vista. Seguramente se habían retirado a las montañas, seguros de que en la sabana poco y nada quedaba luego del gran éxodo del día anterior. Estaba, sí, el grupo de hienas al que habían podido mantener a raya. Quizá sería posible, después de todo, sobrevivir por unos meses y esperar al cabo de ese tiempo, el regreso de la gran manada ancestral.
Ese día, único, quizás había comenzado a cambiar el destino.


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jueves, junio 02, 2005

Nuevamente, la editorial Badosa me publica un cuento (“ Atardecer en el Paraná de las Palmas”)


Atardecer en el Paraná de las Palmas
Esteban Lijalad

No sé si ustedes lo recordarán, pero yo se lo puedo asegurar: no había en el mundo un frío como el del río Tigre de madrugada. Un frío húmedo que subía con la neblina desde las aguas oscuras, llenando el aire con olor rancio de aceites y maderos viejos.

En aquella época, había que estar algo tocado para tomar el tren en Retiro, a las cinco de la mañana y llegar a la sede del club a las seis y pico. Ahí estaban los otros, los más tempraneros, cargando al recién llegado. Pero frío, humedad, mosquitos en pleno invierno, cargadas fuertes, todo, todo se justificaba: uno era del equipo de remeros de alta competikión del club. En mi caso, del Club Hacoaj. Y había que entrenar temprano.

Yo había empezado, como todos, con los botes de paseo, comunes, y las canoas. Emprendíamos largas excursiones, Reconquista arriba: zona pelada, hundida casi, galpones, viejas fábricas, miseria. Nos solían tirar piedras las barritas de chicos de las orillas. Escapábamos a todo remo mientras la guerra de malas palabras reemplazaba la de cascotes, por suerte. También nos metíamos por la bifurcación del Reconquista, rumbo al Luján, por el estrecho hilito de agua que culminaba a la vista del viejo Tigre Hotel. Pocas veces nos aventurábamos a cruzar el Luján, pero cuando lo hacíamos, llegábamos a un mundo mágico: selva, ríos, silencio.

Después, alguien me propuso probar suerte y entrar en el equipo de remeros. Me aceptaron. Recuerdo la manteada inicial, los ritos para iniciados, la obsesiva manera de mirar al cielo, el día anterior de un entrenamiento, buscando signos de tormenta. Y no pensar en otra cosa que en el remo, en las bateas que nos esperaban, sutiles, como lanzas maravillosas que apenas acariciaban el agua. Remar en esos botes era algo parecido a la gloria.

El régimen de entrenamiento era duro. Demasiado. Pero uno, así, se sentía como parte de un comando de elite, un núcleo de vanguardia, un grupo de elegidos.

Duré poco ahí. Me avergüenza contarlo. Pero pasaron casi treinta y cinco años y lo bueno del tiempo es que las viejas cosas se colorean, se suavizan, se recrean.

Yo tenía un amigo, rico él, y con los años, relativamente famoso. El pobre hombre —su papá, en realidad— tenía una lancha motor fueraborda (un Mercury 90Hp, creo), de esas que veía pasar orgullosas y sin mirarme cuando andábamos por el Luján. Siempre las había odiado. Además, Danny, mi amigo —su papá en realidad— tenía un crucero, pequeño, pero dotado para llegar hasta Punta de Este.

Un día de diciembre, me invitó a pasear en lancha. Todavía lo recuerdo con todo detalle. Guardería. Río Reconquista, la lancha andando apenas, lenta, para no hacer olas. Y de pronto, se abre el horizonte al llegar al Luján y como un sueño o una pesadilla, rugió el motor, la proa se alzó y esa cosa se puso a navegar como un avión. Nunca supe si las lágrimas que me salieron fueron una respuesta al viento pegándome en la cara, o la emoción de vivir por primera vez el vértigo sobre el río.

Fuimos al San Antonio, vimos cerca la inmensa salida al Río de La Plata, recorrimos todo el delta, en pocos minutos, hasta que al fin llegamos al Paraná de la Palmas.

Atardecía. Miré esa nervadura del país, el Paraná, trayendo las aguas remotas del Brasil y el Paraguay, de las Misiones, a esa hora de calma, con el cielo y el agua compitiendo para atraer la mirada... con el corazón latiendo fuerte, y con la sospecha de que el mundo comenzaba ahí mismo, en el ancho río.

Nunca me repuse. Hasta ese día yo era un miembro de la elite de remeros, orgulloso de mi Club, listo para competir. Pero la experiencia fue letal para ese destino. A partir de ese momento supe que no podría volver al remo, que mi alma y mi cuerpo me pedían velocidad para poder devorar el Delta en una sola tarde. Una lancha, una hermosa, rápida y orgullosa lancha para mi sueño.

Pasaron sólo treinta y cinco años.

Mi amigo dejó de serlo. Lo tentó la política. No sé si aún se acuerda del Delta. Por la dureza de su expresión —lo veo a veces en fotos del diario, o en algún programa político de la tele— creo que nunca volvió a mirar un atardecer en el Paraná de las Palmas. Consumió sus años en empresas, acciones, bancos, puestos políticos, embajadas. No volvió, estoy seguro, a bañarse desnudo en el San Antonio, alguna tarde de diciembre.

Yo, por mi parte, jamás pude retomar el río. Me absorbieron los estudios, luego el trabajo, la carrera, y la realidad del país. Mi sueño de lancha propia se postergó año por año. Me fui olvidando. Me até a la tierra firme.

Yo tampoco volví a mirar un atardecer en el Paraná de las Palmas.


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sábado, mayo 28, 2005

Las Diez Mil

-Buenos días. Ha sucedido algo muy importante y grave. Esta noche miles de hombres han sido muertos por sus mujeres en la cama, mientras dormían. Por lo que se sabe a esta hora –diez de la mañana- los asesinatos se cometieron de igual modo y a la misma hora. Entre las 4 y las 5 de la madrugada sus cuellos fueron cercenados por filosos cortes de cuchillo.
Fue, evidentemente, el producto de un plan, un enorme y bien organizado plan, ejecutado por miles de mujeres confabuladas.
No hay capacidad policial y judicial para detener, interrogar y acusar a estas mujeres. A esta hora miles de homicidas siguen libres esperando tranquilamente que alguna autoridad vaya por ellas.
Pero ¿Qué autoridad? Todos los ministros, secretarios, directores, todos los jueces y secretarios de juzgado, los legisladores, los jefes, oficiales y suboficiales del ejército, de la policía y demás fuerzas, todos los gobernadores provinciales, los intendentes y concejales, todos los sindicalistas, los empresarios y directivos de corporaciones privadas, los embajadores, los periodistas, los locutores, los economistas, sociólogos, los rabinos y pastores evangélicos, todos están muertos. Los únicos que por razones confesionales siguen vivos son los sacerdotes católicos. El celibato los ha salvado de la conspiración femenina.
A esta lista deben agregarse los artistas, escritores e intelectuales, profesores universitarios, investigadores y los académicos.
No quedan varones con algún poder. El pais ha dejado de funcionar.

Yo misma, mujer del director de Radio Metro me tuve que hacer cargo de este noticiero. Confieso, desde aquí la verdad del crimen que cometí, junto con diez mil compañeras más. Pero en mi descargo debo decir que las cosas en este país comenzarán a funcionar bien a partir de ahora. Las Diez Mil nos haremos cargo del pais sin la prepotencia, agresividad e ineficacia que mostraron los varones en estas décadas. Deséennos suerte.


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domingo, mayo 22, 2005

Vi luz y entré

—Vi luz y entré. Perdón si interrumpo
Ladraron los perros, nerviosos.
—No, tranquilo. ¿Que tal, cómo anda?
—Bien, acá ando... un poco jodido del reuma ¿vió?
Y mientras lo decía, las manos aun en el bolsillo, acarició el arma, una vieja 22.
—¿Quiere acompañarnos con el mate?
—Gracias, gracias.
—¿Lo trajo?
—Sí, como no ...
—¿Cuanto?
—Peresé, Don Carlos. No estoy muy seguro todavía
— Mire, Romualdo, ya esperé bastante a que se decida
—Es que no é fácil terminar con eso
—Lo sé, pero a mi no me dan más tiempo: ahora o nunca, ¿está?
—Si, está. Pero mire, el otro día, mi cuñado me lo pidió.
—Y para que lo quiere ese inútil
—Bueno, Don, no me lo insulte así, tampoco, que mi hermana , pobre, lo quiere mucho, y es el padre de mis sobrinos.
—No me haga llorar. Y vamos apurando, ¿eh?
—No, mire, no me ponga en esta posición, de tener que elegir, o esto o aquello..
—Yo no lo pongo en ninguna posición; usted mismo, alma en pena, cabeza gacha, modales respetuosos de hombre servicial, es el que se pone ahí. Yo voy a lo mio: si no le interesa, usted a lo suyo y santas pascuas, aquí no ha pasado nada.
—Pero pasó algo, ¿o no?
—Qué quiere que le diga. Claro que pasó. Y hay que arreglarlo.
—Carajo que difícil que me lo pone.

Volvió a acariciar el arma , bajando lentamente la mano por el ancho bolsillo.
—Bueno, ya que no quiere que lo apure...
La mujer, al fin, habló.
—Romualdo, usted es buena gente —dijo.
Para qué. Las manos le empezaron a temblar mientras tomaban posesión de la culata del arma, y su largo índice se filtraba despacio entre el gatillo y el aro.
—Sé que no nos va a fallar.
—Dos mil, entonces.
—Dáselos Carlos.
—Tas loca, María.
A disgusto Don Carlos se levantó, caminó lento hasta una vieja cómoda. Abrió el chirriante cajón, hurgó entre unas ropas - había ruido de papeles, cartas o documentos -y al fin, lo cerró.
—Tómelos y hasta nunca.

Entonces, sí, Romualdo sacó lento el arma. Apuntó, primero a la mujer, que ya cerraba los ojos. Despues, se escucharon dos secas detonaciones en la noche de El Tropezón, Partido de Tres de Febrero, Oeste del Gran Buenos Aires, Argentina, Sudamérica, Sur del Mundo, Planeta tercero contando desde el Sol, estrella mediana, de un extremo de uno de los brazos exteriores de la Via Láctea, Del Grupo Local de Andrómeda, ubicado en la quinta Gran Cuerda de las Doce Dimensiones Universales, tan cerca de Dios como lejos de todo. Algo se detuvo a llorar en esa inmensidad: quizas durante un trillonésimo de segundo, el Todo despidió a esa gente condenada por la pobreza que apeló a ese recurso para cobrar un seguro de vida a favor de la hija, pero se recompuso y siguó alentando la esperanza de que hay futuro, de que Dios está cerca nuestro, nos cuida desde aquella nube en la que se oculta, cantándonos suaves canciones en arameo, latín y español. Pero, “qué solos se quedan los muertos”. Y sus matadores.


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domingo, mayo 15, 2005

La invención de Piteca (una teoría de la evolución)

Al principio los monos del grupo de Piteca, y ella misma, se peleaban a toda hora. Las hembras tenían muy pocos hijos- uno cada cinco años-, nadie se preocupaba por darle de comer a la madre mientras criaba al niño -sobre todo en los peligrosos meses iniciales- y la pobre se las tenía que arreglar sola. Por eso las mamás cargaban todo el día a la cría, mientras buscaban qué comer. Para eso le servían los largos pelos, en los que el bebé se enrroscaba, aferrado a la mamá desesperadamente. Es que subían a los arboles y desde ahí, una caída es el fin.
El problema era que con tan pocos hijos, el grupo casi no crecía: eran demasiado pocos, rodeados de enemigos más tontos que ellos, pero más numerosos. La muerte de un niño era una tragedia que ponía en riesgo la existencia misma de la especie.
Otro problema que tenían es que cuando una hembra se ponía en celo- o sea estaba lista para recibir a un macho y así quedar embarazada- las peleas entre los machos eran terribles. Todos querían ser el primero en acercarse a la hembra en celo. Y así no hay grupo que aguante.
Una solución que algunos grupos adoptaban era que todas las hembras fueran de un único macho, El Macho Dominante. Papito. El tipo normalmente era el más grande, el más alto, el más fuerte, el más fiero. En algún momento de su vida había desafiado al Macho Dominante anterior y lo había vencido. Ahora era él quien disfrutaba, con todas las hembras a su disposición. El problema es que los que se quedaban fuera del harén se volvían locos, lo provocaban, lo buscaban, hasta que el tipo abandonaba por cansancio, permanentemente retado a duelo por los más jóvenes y agresivos. Tiranía y resistencia a la opresión
Otros grupos no tenían macho dominante: eran todos contra todos, a lo que salga. Anarquía total.
En suma, los machos se entretenían peleando, y nadie atendía a las hembras, ni les buscaba comida, el grupo no crecía, los alimentos empezaban a escasear, los rondaban tigres y leones; las cosas se ponían cada vez peor.

Una noche, Piteca tuvo un sueño: unas imágenes que se le empezaron a conformar en su cabeza, como una visión del futuro. Ella, de pie -no como ahora, arrastrando los nudillos, mal caminando en cuatro patas-. De pie, caminando en sus dos patas traseras, cargando a su bebé con un brazo, mientras que con el otro se dedicaba a recoger frutos, tallos, raíces jugosas, hojas frescas.
Despertó con un deseo único, fuerte, dominante: tenía que lograr ponerse de pie, caminar en dos patas, erguida, vertical, dominando el horizonte, mirando a los machos desde el poder de la maternidad, eligiendo al más amable: uno que se dedicara a traerle comida - pequeñas ardillas, insectos húmedos, crocantes. Así podría alimentarse mejor, producir leche más nutritiva, fortalecer al bebé desde el primer día.
Pero para eso tenía que lograr tener un hombre a su entera disposición, dedicado a ella. No buscando desesperado donde depositar su esperma, siempre listo ante cualquier hembra en celo. No señor. Para eso había que inventar algo inaudito: lograr estar SIEMPRE en celo a fin de retener a SU hombre.

Un millón de años le costó a Piteca lograr el objetivo: tuvo que aprender a caminar en dos patas; desarrollar los senos y otros atributos de reclamo sexual para su pareja; parir y criar a un chico cada dos años; mejorar la alimentación; aumentar la masa corporal y el tamaño del cerebro, (eso aumenta el tamaño de la cabeza de los fetos, lo cual acelera el nacimiento -porque si no, no pasa-, lo cual obliga a parir criaturas cada vez menos completas, más débiles, lo cual obliga a mayores cuidados maternos, lo cual..) aprender técnicas de recolección y caza cada vez más elaboradas; producir herramientas, ropas y utensilios; elaborar normas grupales de educación, trabajo, crianza, defensa, herencia, etc.; establecer rituales de identificación grupal; mejorar la comunicación oral; expresar sentimientos a través del arte; comenzar a creer en fuerzas poderosas- dioses y demonios-; enterrar a los muertos; temer a la muerte; tener angustia. Ser humano.

Ahora los machos no se pelean por las hembras, cada pareja conforma familias duraderas, las hembras comparten tareas y se ayudan, los machos salen a cazar. Está todo bien.
Lástima que cada tanto un joven entrometido intenta seducir a la esposa de un macho adulto, o roba una joya para regalar a su novia, o discute una decisión de los ancianos. Es apresado y, a veces, asesinado a golpes. Su cuerpo se pudre a la vista de todos, sus hermanos juran venganza, secuestran y asesinan al macho ofendido, o a la hembra que denunció al joven; o sucede que un padre expulsa a su hijo del hogar, o una madre seduce a alguien inconveniente, o tribus ajenas los atacan una noche para robarles las provisiones, o un jefe abusa de su poder.
Se inventa la Historia y los que la narran: los homeros, cervantes y balzacs de cada siglo, los que relatan los Hechos de los Heroes, los mitos, las pequeñas y grandes gestas que pueblan las noches y nos asombran desde siempre.
Todo porque a Piteca se le ocurrió una extraña idea, allá lejos y hace tiempo.


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lunes, mayo 09, 2005

Historia policial

Ayer hice algo extraño. Robé una billetera.
La saqué de un bolso, en la sala de espera de la estación. Asomaba negra, brillante, una linda pieza de marroquinería, con las puntas de algunos billetes visibles y la promesa de dinero al alcance de mi mano. Y lo hice. Miré, antes, alrededor del asiento. Nadie. Ni un alma. La oportunidad hace al ladrón, me dije mientras me levantaba y, distraídamente, manoteaba la billetera.
Salí del salón sintiendo dos ojos clavados en mi nuca, pero, miré nuevamente y nadie...Solo allí, lejos, muy lejos, una pareja dormitando en un asiento.
Tomé un taxi. ¿El hombre habrá sospechado algo? No sé, pero me miraba interrogándome. Dudé. Temblaba mi voz, cuando le indiqué mi dirección.Quería llegar a un lugar tranquilo, sentarme, abrir la billetera, sacar los billetes y contarlos uno a uno, disfrutar, si era posible, de mi primer hurto.
Al fin, llegué a casa y, casi corriendo, entré al comedor y me senté ante la mesa. Los dispuse todos en fila: veinte billetes de a cien, dos mil pesos relucientes, aún con olor a tinta. Papel firme, brillante, crujiente. Un gusto.
Sentí, de pronto el aguijón de la culpa entrándome bien adentro. Casi un dolor en el corazón. Tomé los billetes, los volví a poner en la billetera y, sin dudarlo, fui a devolverla a una comisaría.

No me gustan las comisarías. Me hacen recodar cosas que viví de estudiante: un calabozo oliendo a orina, miradas amenazantes. Ahora, dicen, las cosas cambiaron, así que me animé y fui a la de mi barrio. El policía de la entrada me sonrió y me dijo amable que siga por el pasillo y que entre a la Guardia.
En la Guardia había dos policías tomando declaración a unas personas, así que me senté. Largo rato de espera. Me adormecía y ahí mismo me di cuenta que estaba haciendo una macana grande como una casa. Cuando ya me retiraba un vozarrón de sargento enojado me detuvo
—Adonde va, ciudadano! —Era evidente el tono irónico con que marcó la palabra “ciudadano”.
—No , es que me olvidé un documento...
—Pero cuál es su problema, señor–dijo mientras su carnoso cuerpo se desplazaba, obstruyéndome el camino hacia la salida.
— No , nada, una denuncia de robo. Me desapareció la billetera
—Ajá...
—Y iba a casa a buscar mi documento de identidad...
—Pero en su billetera ¿no estaban los documentos?
—No...— dudé. Sabía que el gordo sargento había encontrado la diversión del día
—No entiendo. ¿Y para que vino a hacer a denuncia si no perdió los documentos?
—Ya le dije perdí la billetera. Y la plata
—Cuanta plata llevaba: cuarenta, cincuenta pesos? Acaso cien?
—No recuerdo exactamente
—Pero no era una fortuna
—No, claro que no.
—Y por unos pocos pesos vino acá, a aguantarme a mí, perder el tiempo en vez de estar en casa tranquilo. No me cierra, don ...
—Gerardo Gutiérrez, Malabia dos tres uno siete, septimo a
—Y quien le pidió su dirección, Don Gutiérrez? Mire me va a tener que explicar algunas cosas, si no lo toma a mal. Tengo sospechas de que hay algo más.

Fueron dos horas. Recorrí mi vida desde los años duros del setenta hasta la gloria del nuevo milenio. Todo le conté al gordo sargento.
Me tiraba de la lengua. Por ejemplo.
-–Y que me dice del 76, donde estaba, militando en alguna orga?
–No, qué dice... estaba todavía en el secundario
–Pero si usted nació en el cincuenta y seis, ¿no? Como puede ser que en el 76, a los veinte años, estuviera en el secundario...?
Yo me hundía, aterrado.
—Sabe qué, don, no sé por qué pero no le creo nada. Va a tener que permanecer detenido en averiguación. Oficial Mayor- llamó- acá tengo un dos-uno-dos.
—Me lo retiene en cuatro- uno-cinco , Fernández y me prepara un café bien cargado, entendió?- sonaba chillona, aguda la voz del Oficial Mayor en el intercomunicador, una reliquia de los setenta: enorme botonera, cables gruesos, todo color cremita sucio. Empezaba a deprimirme, Hacía rato que me odiaba por haberme metido solo en la trampa.
—Bien, necesito que deje todas sus cosas en esta caja: plata, llaves, etcetera. Se lo devolvemos en cuanto termine la cosa.
— ...tengo que hacer una llamada para avisar.
—Después la hace, ahora me deja sus cosas acá, ¿está?. Y me sigue a las dependencias interiores
—No— me animé.
—¿Cómo?
—No, que necesito ahora avisar a un abogado
—¿Usted ve mucho cine? ¿Cómo se le ocurre que un dos uno dos en situación cuatro uno cinco puede hacer llamadas? Después, sí, no hay problemas.
Deposité lo que llevaba: llaves, un celular, mi billetera, un pañuelo limpio, un peine de bolsillo, una carta de mi vieja, la billetera robada, la factura de teléfono, monedas.
–Aja, mmm.... si. Un momento: ¿dos billeteras? ¿Y viene a denunciar la perdida de otra? ¿Cuantas usa, señor? –Me miraba, con esos ojos sucios y rojos, cansados, aburridos de la vida, con bronca hacia los tipos normales como yo, con trabajos previsibles, horarios definidos, mujeres, hijos y amigos convenientes. “Y yo que culpa tengo de tu vida”, pensé inútilmente.
Abrió la billetera, y contó los billetes. Mi fin era inminente.
- Epa! Dos mil pesos. ¿Por qué anda con tanta plata encima? No entiendo nada. Oficial Mayor, acá Ferraris, otra vez. No, mire, esto ya es un TRES uno dos, jefe.–Me miró como espantado y me lo dijo clarito:
–Se terminó la joda, ciudadano. Va a conocer nuestras cómodas instalaciones. Soy un policía a la antigua, ¿entendés?, de esos que añoran el viejo Proceso de reorganización y tengo ganas, hoy, de volver a gozar de aquellos tiempos.
Tocó varios timbres y al rato apareció una mujer policía, seguida por una especie de robot, alguien muy alto, vestido de fajina, que miró desde sus ojitos achinados y sonrió, pícaro.
- Así que a éste cuatro-tres-uno?
– No, preferiria un ocho dos, pero vos sabes que al jefe no le gusta el ruido, todo en vos baja, música tranquila
– Ja..tipo boliche de levante...
– Che que va a pensar la Cabo Fernández. A ver cuando acepta mi invitación, Susy.
– Cuando mi novio me lo permita. Mi novio, el Oficial Mayor.
– Era broma. Hablando de eso, me pidió un café bien cargado, Cabo. Susy, divina.
– Basta, hasta ahí eh? Bueno y donde se lo llevo
– A la ORCA: Oficina de Registración de Confesiones Argentinas, vulgo: la carbonera. Ahí vamos a estar muy ocupados con este señor, un rato largo.
Sentí como el ano, el culo para más claridad, se me abría, dejando escapar todo el hedor de mi miedo. “Esto no es verdad” me repetía, mientras sentía trozos mínimos de mí resbalando por la entrepierna.
-Mmm ¿quién se cagó? No me diga, señor, que usted se nos ha cagado de miedo ja ja!! –dijo alguien mientras yo me disipaba en la nada.

***

-¡Señor! ¡Señor! ¡Despierte! –unos gritos me taladraban el sueño. Abrí los ojos, en la Oficina de Guardia, sentado en el banco de espera. Una mujer policía, parecida a la Cabo Susy Fernández, me despertaba.
–Je, se quedó dormido, su turno. ¿Viene por alguna denuncia?
–¡No!, ¡No!, ¡De ninguna manera, nada! No, solo por un certificado de domicilio ¿puede ser?
-Cómo no,–dijo amable.
–Adelante, adelante, ciudadano... – me invitó al escritorio un sargento gordo, carnoso.
No conviene robar billeteras.


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sábado, abril 30, 2005
Esta semana, mi cuento es publicado por Badosa
(“Estocolmo”)


Estocolmo
Esteban Lijalad


Amo a mi secuestrador. Lo amo apasionadamente. He entendido, al fin, el sentido de la vida gracias a él. No sé cómo pude estar tan ciega, tan vacía, qué era mi vida antes de conocerlo.

Yo me levantaba a las siete, tomaba el tren de las 7:45 y llegaba a mi trabajo a las 8:30, de lunes a viernes. Trabajaba hasta las 17 horas y pasaba a buscar a mi hija a la salida del colegio. Tomábamos el tren hasta nuestra estación suburbana y una vez allí, caminábamos unas cuadras hasta llegar a casa. Hacía la comida, comíamos los tres a las 21, y a las 22 me iba a la cama. Una vez al mes algún mimo. Mucha tele, algún libro de Coelho. Cine, dos veces al año. Ver crecer a la nena, cuidarla. Tener 49 años y pocas esperanzas.

Desde que estoy secuestrada, paso todo el día en la cama, suavemente atada de una muñeca, aunque eso no me molesta para nada. Me dan de comer bien, cosas sabrosas aunque no de dieta, como solía comer antes. Me dan charla todo el día. Y hablamos de que van a hacer con la plata que cobren. Como me saben pobre —clase media pa'bajo— sólo pretenden unos mil pesos. Y así van tirando, de secuestro en secuestro.

He decidido unirme a la banda. Me enamoré del jefe —un chico de veinte años, apenas—. Cuando vuelva a mi casa le haré «inteligencia» a la banda. Le tengo muchas ganas a la vecina de enfrente. Ésa no para de provocar a Pedro, mi marido. Así que estoy armando el plan. Ahora lo único que espero es que Pedro pague. Porque en eso Javi fue bien claro:

—Querida, con vos está todo bien, pero si el forro de tu marido no pone la guita, andá despidiéndote. Te lo prometo.

Acaba de entrar Javi. Me dio dos minutos para que termine de escribir esto. «Tu testamento, nena.» Está dispuesto a cumplir lo que prometió. «Tu marido», me explica, «está remetido con la vecina de enfrente. Me dijo que te regala, que no piensa poner un peso por vos. Así que negocios son negocios.» Anoto cada palabra. Es mi testamento, al fin y al cabo.

Y lo termino como comencé: Amo a mi secuestrador, a pesar de todo. Es un hombre de palabra.


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domingo, abril 24, 2005

El Arte de decidir


Pensé que podía cambiar mi vida en cuanto terminé de leer un libro, maravilloso, sobre el arte de la decisión. La vida, nos dice, se desperdicia en aprontes. La vida se nos va en timideces, en falta de decisión para actuar. Como protagonistas abúlicos, perezosos, se nos pasa la película y olvidamos cuál era nuestro papel en ella. Así nos va: nadie nos recuerda en el final.
Decidí, pues, decidir. Actuar sin temor. Al primer amor en ciernes, declararme. A la primera víctima de una injusticia, reivindicarla. Al primer niño hambriento, alimentarlo.
Caminé por la calle, aun enganchado con el libro, como viviendo un epílogo protagonizado por mi. Nunca miro a los ojos, aquejado por el temor a revelar algún secreto cuando se sostiene la mirada, pero en ese momento miré a los transeúntes con descaro, con insistencia, con una sonrisa franca, como invitándolos a conectarse conmigo, a romper la canasta y dejar volar a la mariposa.
Una bofetada, sonora, llegó por izquierda, de manos de una mujer a punto de desbarrancarse en la vejez, pero con todo el aire de señora con ganas aún de disfrutar. Es cierto, la había mirado con insistencia mientras le decía con la mirada: “ya sé que estas angustiada por el paso del tiempo, pero que aún esperas seducir, antes del declive. Acá estoy yo: cuarenta y nueve años, separado, siempre detrás de mujeres menores y ahora, de pronto, te veo y me gustaría tener una historia con vos, quizás la última que vivas antes de caer en la vejez irreversible.” Plash! sonó.
Intenté disculparme, pero ya se había formado un círculo de curiosos, sonrientes, señalándome, alguno gritándome “viejo verde”, alguna risa y yo rojo, sí, caliente la cara, las orejas ardiendo.
Quise alejarme rápido pero me lo impidió un chico callejero, de los que como sombras cubren nuestras esquinas con sus pequeños servicios y demandas.“ Una monedita, Don. Le limpio el vidrio, Don. Mire mi malabarismo, jefe”. Estaba practicando con cuatro pelotas de trapo Lo hacía bastante bien, no se le caían nunca. Y se ponía justo delante de mí, y yo urgido por escapar del bochorno. Terminé empujándolo del mal modo. Cayó a la calle y se golpeó contra un auto. La gente gritó indignada. Huí como cobarde.
Lo que no sabía es que en la otra esquina me esperaban sus amigos. Chicos ya más grandes, calzando aparatosas zapatillas, con baldes y trapos y caras serias. Ellos se comunican con silbidos y gritos agudos: lo sabían todo.
–Así que te gustan las viejas, maricón. Y empujas a los pibitos de la calle, cabrón.
Alcancé, por suerte, a parar un taxi mientras diez ojos me maldecían. Y apurado entré y secamente le indiqué la dirección. Ni una palabra más. El hombre era de los habladores, aburridos por horas de manejo en la ciudad, añorando tomar un mate con la señora, mirando la tele.
–Desastre estos pibes, no?
–Sí, que va hacer...
–Por mí, nada, pero molestan al público. Mas que nada eso.
–...
–Y a usted, cómo lo agredieron ¿no?, por qué habrá sido, me pregunto...
–...
– Seguro que lo querían robar, los guachos
–...
–Y yo no le digo ninguna ninguna novedad todos nosotros los taxistas lo decimos porque conocemos la calle sabemos como son las transas vemos todo robos travestis venta de droga choreos porque a este país se lo quieren reventar los imperios para quedarse con el petróleo y más que eso con el agua que tenemos en los hielos continentales que los chilenos aliados de los ingleses se querían quedar con esos acuíferos por que además ahora China mira con ganas y los japoneses ni le cuento vio la cantidad de chinos que hay ahora por Belgrano y por Flores guarda con esos porque están bichándonos todo el tiempo y pasándole data a los de Pekín que en cualquier momento nos afanan media Patagonia si somos los boludos del mundo mire...
–Déjeme acá.
–Pero...falta mucho.
–Cambié de idea.

Salí a tomar aire y a planificar el resto de mi vida. A decidir cosas, de acuerdo al libro.
Primero. No mirarás más a la gente a los ojos. Segundo. No te detendrás frente a los chicos de la calle. Tercero, no tomarás más taxis. Cuarto, te mudarás de época y país: vivirás en Tahití, en 1889, junto a Gauguin pintando palmeras y cuerpos y playas blancas, acompañarás a Picasso en su primer viaje a París, te encontrarás con Gershwin mientras compone Un Americano en París y tendrás algunas discusiones sobre el futuro con Einstein y Freud, en Viena, 1909. Tocarás jazz en Harlem, 1948 y gozarás de la praia con Vinicius y Tom, en Bahía, 1958. Seducirás a Brigitte Bardot en 1960 y volverás atrás, a escuchar a Johann Sebastián en su iglesia.

Esas son decisiones.


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sábado, abril 16, 2005

Diario de un ganso

INTRODUCCIÓN

Hace tiempo que quería empezar a escribir este diario. Pero, mi condición de animal de granja, y de una especie poco considerada en el mundo de las fábulas, me inhibía de hacerlo. ¿Cómo un ganso, tonto, como yo, va a pretender sentarse a escribir su historia?
Yo sabía casi de memoria las historias de zorros, urracas, loros y otros animalitos odiosos, pero por más que preguntara, nadie había escuchado jamás historias sobre gansos.
- Si son estúpidos y feos...¿a quién le pueden interesar sus historias?

Bueno, vencí mis temores, saqué una pluma de mi cola, la mojé en tinta y empecé a escribir MI HISTORIA. La primera historia escrita por un ganso, que rivalizará con cisnes, patos feos, zorros y gallinas.


DÍA 1

Lo primero que hay que decir es que los gansos somos fácilmente confundidos por los chicos de la ciudad con Pavos. Ojo! Nada pero nada que ver! Los pavos son parientes grandotes de las gallinas y se los comen para Navidad, pobrecitos.

En cambio, a nosotros no nos comen... creo. Por lo menos no vi a ninguno hasta ahora.. aunque pensándolo bien: si no nos comen, ¿para qué nos crían?

DÍA 2

Me ha dicho mi abuela que los gansos somos guardianes de las granjas, que para eso nos tienen. O sea que graznamos (una especie de ladrido agudo) en cuanto el primer desconocido aparece en la cerca y eso despierta a los caseros y salen a ver quién anda ahí. Por eso nos tienen. Decenas, acá hay como cuarenta gansos. ¿Tantos, digo yo, para cuidar la granja? ¿No bastaría con cinco o seis?. Humm. Si no nos comen, si sobramos para cuidar la granja, ¿para qué nos crían?


DÍA 3

Mi tía Gansy me dijo que somos tan esbeltos , bellos y agraciados, que nos tienen a efectos decorativos: alegramos la vista de los visitantes. Así como en algunos parques hay avestruces o flamencos (esos patilargos) en granjas más modestas nos usan como elemento decorativo. No me cierra mucho; ¿tan hermosos somos? Humm, Si no nos comen, si sobramos para cuidar la granja, y no somos demasiado estéticos, ¿para qué nos crían?


DÍA 4

- Chico, ¿quieres saber la verdadera razón? -me preguntó tío Plumón.
- Sí, tio. ¿Para qué servimos?
- Cómo para qué, cómo para qué. Nuestras plumas. Nuestras maravillosas plumas blancas, que se usan para rellenos de almohadas, sillones , etcétera.
- ¿En serio, tío?
- Sí, a mí me han desplumado ya varias veces, así que...

Me quedo tranquilo: ahora sé para que existimos...Pero, yo vi por acá gansos de plumas ralas, feas... Hmmm Si no nos comen, si sobramos para cuidar la granja, no somos demasiado estéticos, y no todos tenemos plumas aptas, ¿para qué nos crían?


DÍA 5

Ahora averigüé con mamá: me dijo - la noté algo nerviosa- que los hombres se quedan con huevos de ganso, que los usan para alimentación. O sea: una vez que te dejan nacer, no te pasará nada, el problema los tienen los huevos, pero esos no se enteran de nada.
Y ¿para que hay tantos gansos machos, que no ponen huevos? Hmmm. Si no nos comen, si sobramos para cuidar la granja, si no somos demasiado estéticos, si no todos tenemos plumas aptas y si no todos ponemos huevos, ¿para qué nos crían?


DÍA 6

Hoy recibí un reto por parte del Consejo de Ancianos. Dicen –por nota- que ando preguntando mucho: que quiénes somos, para qué servimos, para qué vivimos, cuál es nuestro destino, preguntas todas ,que, leo “no son aptas para el nivel mental medio de nuestra comunidad de gansos, cuya simpleza, candidez y pasividad es ampliamente reconocida por especies tan diversas como zorros, humanos y equinos”. Atentos a estas razones y otras “de orden público” se me comunica que me será negada cualquier asistencia si continúo con mis interrogatorios, etc. ,etc. Me quedé estupefacto, trifecto y torrefacto: Si no nos comen, si sobramos para cuidar la granja, si no somos demasiado estéticos, si no todos tenemos plumas aptas y si no todos ponemos huevos, ¿para qué nos crían?¿eh? ¡clama ahora mi grito en el desierto!¡ No me callarán, no emude...


EPÍLOGO

Termino esta corta experiencia autobiográfica recordándole a nuestros niños que más vale pájaro en mano que ciento volando, que las uvas están verdes, y menos averigua Dios y perdona, y todas las moralejas que esta tierna historia pueda recordarnos. Para un ganso no hay nada mejor que otro ganso y un humano. Somos simpáticos y algo tontos, y nos quieren...todos nos quieren.


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sábado, abril 09, 2005

Sobre cosas que suceden a la hora de la siesta

El mundo se divide, desde siempre, entre siesteros y noctámbulos, entre tradicionales madrugadores que tienen que recuperarse de una a cinco, y gente que compacta más el día, levantándole más tarde, saltándose la siesta y yendo a dormir a la una o dos de la madrugada. Son casi dos etnias distintas, dos subespecies enfrentadas, creo, al punto que no es imposible imaginar una guerra entre ambos grupos en el principio de la historia.
Hubo, entonces, seguramente una guerra antes siquiera de la escritura, por eso no hay crónicas de ella, salvo la que ensayaré ahora, a modo de reconstrucción arqueológica.

La batalla típica que ganaban los noctámbulos empezaba a las tres de la tarde. A esa hora fatídica para los siesteros, el cuerpo es una pesada bolsa que se encoge sobre sí misma, se aplasta al suelo, al colchón, a la cama de paja o de lo que fuera, se extiende horizontal en busca del silencio. Si es verano, es aun más neto el efecto y fuerte el deseo. El cuerpo se estira gozoso, casi en un orgasmo. Cada músculo exhala como un pequeño placer, segrega una cosquilla que se suma a cientos de cosquillas exhaladas desde otros músculos. Ese río interno va creciendo, llega a la boca y el bostezo final libera esos mínimos y placenteros aires, los ojos se cierran liberando lágrimas de satisfacción y ahí el siestero conoce la gloria.

En ese momento un alarido de alarma conmueve el campamento y decenas de activos noctámbulos, en el cenit de su movilidad, se abaten sobre los catatónicos cuerpos entumecidos del placer de la siesta, con resultados habitualmente demoledores. Toda batalla jugada a las tres de la tarde se convertía en una derrota segura de los siesteros.
Estos se vengaban inundando de flechas el campamento enemigo a las cinco de la madrugada.

En este equilibrio de ataques diurnos y nocturnos la naciente humanidad iba desangrándose y condenándose a la pronta extinción. De seguir las cosas así, en pocos siglos, digamos hacia el 50 mil A de C no hubiera quedado humano vivo en la faz de la Tierra y ni yo ni ustedes escribiríamos o leeríamos acerca de esa inicial batalla de la Humanidad.

Hoy día se conoce que fueron los Neandertalenses los siesteros que perdieron la inicial guerra de exterminio, esa limpieza étnica implacable. Los hábiles Homo Sapiens sapiens, noctámbulos, los vencieron, en un largo verano que obligaba a los retozones neandertalenses a extender horas y horas su descanso. Parece que eso ocurrió en el año 49789 antes de la venida de Nuestro Señor.
Desde aquella fecha, se hizo evidente que los trabajos de la humanidad estarían a cargo de una nueva raza que podía al mismo tiempo madrugar y ser noctámbula, y sobrepasar las horas muertas de la tarde sin caer en la tentación de la cama. Pocos lo lograban de manera consistente o permanente. La mayoría, gente débil al fin, caía en tentación de siesta. Los más voluntariosos emigraron hacia el Norte, allí donde el sol del mediodía casi no calienta y la cama no nos llama, y ejercieron durante milenios el duro arte de eludir la tentación de la siesta. Se preparaban durante toda la vida para resistir esa y cualquier otra de las tentaciones, con el recuerdo siempre fresco de los peligros de la siesta: los aullidos que las viejas decían recordar, los ecos de la masacre permanente que se cometía a las tres de la tarde, la antigua guerra perdida de los neandertales.

Hoy, es claro, esa subespecie domina, maquinando planes mientras el resto duerme: firma leyes y decretos entre los bostezos de la mayoría y se asegura siempre la mejor porción del pastel por medio de la sabia administración de sus horas de sueño. Esa gente no está nunca cansada, siempre sabe exactamente qué hacer en cada circunstancia, no tiene la duda como fantasma, no se queja del frío, ni del hambre, no tiene cansancio, no se sabe cando desahoga su vejiga, aguanta doce horas seguidas en banquetes oficiales, siempre tiene tema de conversación con la comensal que le toca al lado - quizás la tía del Subsecretario Interino, a quien apenas conoce- y mira con frío desprecio a la gente que comenta alguna debilidad, que menta algún deseo, que añora algo en la vida.
Hay que destruir el neandertal que llevamos adentro, gritan (es un decir: simplemente lo sugieren de hecho, no es gente de andar a los gritos).

Y así, desde siempre, nos hemos dedicado a eliminar ese salvaje interno, perezoso, amante de la siesta y de los placeres de la tarde tranquila, esas bestias sedientas de cama que nos incomodan con sus deseos, con su piel siempre dispuesta al placer, con sus apetitos despiertos, tan poco proclives al sacrificio, a la templanza, al trabajo duro. A veces, quizás con demasiada frecuencia, creemos detectar que cierto grupo humano es una reencarnación del neandertal exterminado, una amenazante rediviva de aquellos pre-hombres. Los matamos, los limpiamos, los holocaustamos en rápidas y feroces blitzkriegs, no vaya a ser que el monstruo de la tentación nos gane la partida y seamos presa fácil, a las tres de la tarde, de cualquier homo sapiens sapiens al acecho.


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domingo, abril 03, 2005

La agonía del Papa Sciavo

Por novecientos días, el Canal de las Noticias publicaba su ya ritual titular, “El Papa se Muere”. Los periodistas acampados desde siempre en la Plaza San Pedro ya ni siquiera apostaban su cena a cuando sería. Ente tanto, la gente común moría, sin tanta alharaca. Una lista impresionante de lideres mundiales, todos dolidos por la inminente muerte del Papa morían semanalmente y la prensa solo les dedicaba una líneas en páginas interiores. Cuando Bush mismo murió en 2014, apareció en página 12 de Página 12. El mundo solo miraba al Vaticano y allí, solo a las dos ventanas de los departamentos papales, cuyas luces no se apagaban desde 2011.

Los niños hacían ya preguntas inquietantes: “qué larga es la muerte mamí, ¿vos cuando empezaras a morirte?”. “ En las pelis la gente se muere en un segundo, pera aca desde que yo nací ese hombre se muere.”

Los canales habían agotado todas las bibliotecas, hemerotecas, cinematecas y colecciones privadas husmeando recuerdos del Papa Terencio Sciavo, popularmente conocido como “Terri”. Los ratings televisivos era casi inexistentes y la industria turística solo se movía hacia y desde Roma. La iglesias, vacías, la gente deprimida porque la noticias buenas nunca llegaban, y las malas, tampoco. El Mundo era un limbo, una enorme sala de espera donde las cosas nunca sucedían, todo era un simple sobrevivir hasta que El Gran Acontecimiento ocurriera. La vida solo tenía sentido si uno pudiera contarles a sus nietos: sí, yo estaba ahí cuando el Papa murió, me acuerdo perfectamente. Pero el Santo Hombre no moría y la vida estaba perdiendo significado para miles de millones de personas que se iban sin poder contarles el Acontecimiento a sus nietos.
Lo malo es que nadie recordaba exactamente cómo era en vida el Santo Padre. Los recuerdos se confundían con los documentales del tele, con lo cual uno no sabía si había visto al Papa o había visto el Noticiero con la llegada del Papa a Buenos Aires. Los teólogos, expertos vaticanistas y cardenales habían reemplazado a los actores y gente de la farándula en la tele. Manejaban programas especiales, diarios, con temas tales como “Veamos como es la sucesión papal”, “La infalibilidad del Papa y el dogma de la Sagrada Eucaristía”, “Juguemos a descubrir la Santísima Trinidad” , o programas de debate médico como “Cuantos años o siglos puede un papa agonizar”. Había también un reality show, donde varios cardenales simulaban estar en el Cónclave Vaticano y eran desechados o confirmados por las llamadas de los televidentes. El dicho más temido por los participantes era:
—Su eminencia, está nominado

En fin. Sin tele, sin Papa y sin sentido de vida, a los dos o tres años, la gente se volvió hacia creencias más abstractas y telúricas. Volvieron ciertos cultos a la piedra, a las estrellas, a cosas más permanentes que vidas que no se apagan pero que no brillan más. Una buena manera de evitar el dolor extra de llorar a un Papa (ya que tanto abunda el dolor en el mundo cotidiano: padres que se mueren, hijos que enferman, amigos que emigran, trabajos que desaparecen, juventud que se olvida, ideales que se enturbian) un buen método, digo, es amar y creer, por ejemplo, en las nubes. Siempre habrá nubes, hermosas y cambiantes. No envejecen ni mueren.

Cuando al fin se publicó la Infausta Nueva, nadie se apercibió. El Canal de las Noticias cambió el tiempo verbal de su titular (“El Papa se murió”) pero siguió emitiendo los documentales de siempre, mostrando un Papa joven y nadie supo deducir si el cuerpo que se mostraba en alguna capilla vaticana era el del Papa anterior (el polaco), o el del previo o el actual. Ya nadie recordaba bien nada.

La gente, las multitudes, tampoco parecían conmovidas: sus vidas habían cambiado tanto, estaban tan orientados a la contemplación de los astros , nubes y otras cosas perennes que solo algunos sonrieron aliviados, recordando, vagamente cómo era la vida en los otros tiempos, cuando el mundo se detenía ante la agonía de un Papa.


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domingo, marzo 27, 2005

En Peebee´s nunca pasa nada


Era inevitable que ese hombre se volviera loco.
Tantas horas sin hacer nada, solo mirar a las clientas- señoras jóvenes comprando ropa para sus hijos - observar el pasillo del Shopping, acomodar su libro de registro, una hora tras otra.
Porque una cosa es ser guardia de Seguridad en un Banco, o en una Fábrica y otra, creo yo, en un negocio como Peebee´s.
Yo, pobre, le daba charla:
—Que tal el trabajo hoy, Jorge
—Y ...ya lo ve. Lo de siempre, poco para hacer
Ese hombre estaba enfermo de aburrimiento.
Nosotras, al menos, no paramos. Las diez horas encerradas en el Shopping se nos pasan : ordenamos los mostradores, llamamos a fábrica, reclamamos por un arreglo, pedimos colores, charlamos entre nosotras, respondemos preguntas de la dirección sobre como andan tales o cuales artículos, aguantamos los berrinches de chicos de cinco años o de madres de treinta...pero nos encanta verlos salir con esa linda ropa de moda (“Peebee´s, moda para gente que crece”).
Y soñamos. Yo con aprender mucho y abrir un negocio para chicos en mi barrio -¿por qué no?- o con pasar a una tienda española para adultos que algo me propuso...
Pero Jorge, ¿con qué soñaría? ¿Con ir armado con la más grande pistola jamas portada? Ja ja... ¿O pasar a la Seguridad de un Banco de primera línea? Creo que le brillaban los ojos cuando algún amigo suyo que a veces enviaban de Seguridad de la Fábrica, le comentaba cosas: chismes de ex-compañeros, “levantes” que hacían con las obreras, esas cosas. Pero acá en el Shopping, nadie le conversaba. Solo yo. El resto de las chicas- todas muy “barrio norte”- no le pasaban bola, no existía. Hola y Chau, y nada más. Me daba pena.

Cuando me invitó a salir, tragué saliva y me puse colorada – sentía muy calientes las orejas- mientras imaginaba tres respuestas negativas (me espera mi novio, voy a salir con una amiga, tengo un cansancio...)
Esa vez, pasó. Pero desde ese día me incomodaba el hombre. Yo le había dado charla y él me lo devolvía así, creyéndose con derecho a invitarme a salir. Las otras chicas me lo dejaron notar claramente (“sos una boluda, a esa gente ni pelota, entendés?”)
Durante un tiempo no pasó nada especial. Yo entraba, lo saludaba como siempre y me metía en mis cosas.
La diferencia es que comenzó a mirarme. Cada vez más seguido. Cada vez más fijamente.
Te imaginás que no estoy para andar dándole bola a todas las cosas que pasan, pero la mirada de Jorge era insistente y triste. Una mirada molesta.
—Cuando va a poder aceptar mi invitación, Vanina.—se animó una mañana.
No le contesté: lo miré, seria, y seguí ordenando una ropa suelta.
—Usted lo que necesita no es salir conmigo, Jorge, es salir de este trabajo.
—Y eso...¿qué tiene que ver? Hago mi trabajo, no molesto a nadie. ¿Quiere que me vaya? No sabía que la molestaba tanto...
—No entiende, Jorge. Usted necesita un trabajo mejor, éste le está afectando los nervios.
Entró una cliente y ahí acabó la charla.
Otro día las cosas fueron extrañas. El hombre no saludó a nadie, no miró a nadie, y solo se dedicó a anotar en un papel algo a cada rato. Miraba el reloj, y anotaba. ¿Qué anotaba, si en Peebees nunca pasa nada?... Era una treta, supuse, para lograr mi curiosidad. Así que no miré más y el día siguió normalmente.
Se lo comenté a la encargada, Ana. Le restó importancia y volvió a decirme que era una boluda, que le di pié para que se tirara un lance y que ahora no hiciera el papel de estúpida. No, si Ana es un amor...
Al otro día sucedió.
Una pareja, ella más bien morochita, mirando la ropa con curiosidad y él, raro, no sé porqué, mirada de droga imaginé. Miré insistente a Jorge, pero el hombre seguía sumido en su ensueño permanente, anotando tonterías en su bitácora, mientras los piratas subían a cubierta, dispuestos a arrasar con todo.
—¡Jorge! —le grité. Ahí se dignó a mirarme y le hice una seña con la mirada.
Sonó un celular que tenía la chica.
—Leo, es para vos
—Gracias, Tina.
La voz del tipo hablando por el celular me resultaba especialmente molesta (“si, hermano, carajo, si fiera, ta ta ta, sho? No papito, sho, no...”)
Rápido cuadro de situación: estaba sola, las chicas almorzando, hora del mediodía, poca gente en el Shopping. Recordé: hay partido de Argentina con no sé quién, con razón poca gente y estos aprovechando; en la caja habrá quinientos pesos para pagos de servicios que me dejó Ana, y Jorge que sigue anotando sus PELOTUDECES en el Diario de a bordo...
Ahí ví que Jorge, abría un cajón y guardaba sus papeles.
—Señorita, quisiera ver pantaloncitos para tres años—dijo la chica.
Tuve que acercarme a ella, preguntarle si había visto algo, mostrarle algunos del perchero, preguntarle para qué uso los quería, mientras no le perdía pisada al chico raro y al zombi de Jorge.
Sentí la dureza de una arma en mis costillas apenas le dí la espalda para sacar una prenda.
—Calladita, puta. Que si no te vuelo los sesos. No le avises al tarado ese—dijo la morochita en voz baja, lastimándome con su aliento.
Tuve un extraño alivio (debo estar loca). Primero, que no me había fallado el olfato y que, al menos estaba preparada para el asalto. Lo otro es que Jorge estaba ahí y seguramente haría algo sensato y me salvaría.
Hizo algo, pero muy poco sensato.
Como se sabe, los guardias en los negocios del Shopping no andan armados, por suerte. Estan para... vamos a ver: para disuadir con su presencia posibles actos delictivos. Pero Jorge, el bueno y tranquilo de Jorge, sacó -no sé de donde- un pequeño revolver y así, sin avisar, mientras parecía dormitar, disparó. El dolor en mi hombro me hizo aullar, a lo cual le sumé el miedo, la bronca y la desesperación porque el insensato me exponía a la muerte, sea bajo su plomo o bajo el de los asaltantes.
La chica se escondió tras el mostrador mientras el tipo se tiraba al piso y disparaba contra Jorge. Los de Seguridad externa ya corrían por el pasillo –alcancé a verlos antes del desmayo-

El entierro del Guardia de Seguridad Jorge García fue triste y ni siquiera tuvo el marco institucional que tienen los de los policías. El cayó “en el ejercicio de su deber”, pero no hubo más que una corona del Shopping y otra de sus compañeros de Agencia. Se sabía que había actuado imprudentemente, contra las normas. Su madre se abrazó al cajón, y hubo que socorrerla. Todo esto me lo contaron. Yo estaba en aquellas horas en terapia intensiva, después de la operación para extraerme la bala que el querido Jorge tuvo a bien meterme en mi cuerpo.

Dos semanas después, ya en el negocio, repuesta, hurgaba en unos cajones buscando un lápiz con punta- cosa casi imposible de hallar en una oficina o negocio- cuando algo llamó mi atención. Unas hojas, como escondidas, caídas entre el fondo del cajón y la tabla del mostrador, puestas a presión. Los papeles de Jorge. Los agarré y los guardé en la cartera, para leerlos con tranquilidad en casa.

Transcribo algunas cosas

Letras de cumbias de moda

Yo pensaba que el amor se había olvidado de mi y ahora ves, me enamoré otra vez.
Yo que tenía el corazón herido, yo que creí que todo había perdido ahora me siento tan distinto aquí contigo.
Contigo se me pierden los minutos, y se me pone en la garganta un nudo, me siento como fuera de este mundo.
Me enamore otra vez, como jamás pensé...
Me enamoré otra vez y que más puedo hacer...
Por tu forma de mirarme me atrapaste de verdad.
Me enamoré otra vez, como jamás pensé...

Fuiste Mala

Es que fuiste mala con mi corazón
Y ahora vienes a buscarme, a amarme
Un día fuiste toda para mí
Y ahora no puedo ni verte, vete

Por que me amas
Escuchame que nunca jamas


Quieres que borre el pasado
Como si nunca paso
Y que te libre de tus penas
Que te di mi perdón
Por que te quiero
Lo siento pero estas en un error



Horarios
Sale X, 12.30
Entra Y, 15. 45


Estadísticas.
10-12: 22 clientas, 5 compras
12-14: 3 cli., 1 com.
14-16: 4 cli o com.


En rojo:

14-16hs 12-3- Argentina – Rumania


Por último:
Leo y Tina: celu 155 6678-2430


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sábado, marzo 19, 2005


Cena formal
(Finalista, Juegos literarios, www.el aleph, 2004)


Me enternecen los niños. Los chicos, decimos acá. “Los niños” suena muy formal, tipo: “Los niños ya están acostados, Señora, puedo retirarme?”. Es como cuando uno come en casa de un socio de tu marido, o del jefe: dice “me podrías alcanzar la panera, Fernando”, para picar un pancito, muerta de hambre y sospechando que el plato, cuarto de pollo escuálido, que acabamos de devorar es “plato único”: solo me espera, en esta velada de mierda, un flan clarito, chirle. Y yo que por los nervios de prepararme para venir a la casa del jefazo, no comí nada a la tarde, me perdí las tostaditas con manteca y mermelada, y ahora, llegado el momento, el estómago me hace ruidos.. y en vez de decir, de frente: “Fernando, tengo hambre, no puedo repetir el plato?” tengo que rogar por un pancito, a ver si el desgraciado se da cuenta y ordena a su servidumbre que traiga una suculenta porción de lo que sea. Pero no, una se contiene. Por eso, digo, aunque no sé si tiene mucho que ver, que decirle niño a un chico es como cenar toda dura en vez de despacharse un bifacho con papas fritas y huevo, pasándole el pan al juguito; es contenerse de las ganas de darle un beso en los cachetes y pellizcarlo.
Bueno, a lo que iba: me enternecen los chicos. Hasta los seis años. Después son insufribles, pero una ya los quiere.
-¿Qué edad tiene tu niño, Fabiana?
- Siete años, Zulma.
- Como pasa el tiempo, me acuerdo cuando los fui a visitar a la Clínica.

Me divierten los chicos, por aquello de “el rey está desnudo”. Claro los pobres, digamos hasta los cuatro o cinco son unos personajes asociales : aún no les metimos en su cabecita los “códigos de convivencia” y sus deseos y la realidad aun les parecen lo mismo: quiero caca, hago caca. Quiero juguete, robo juguete. Quiero gritar , grito. Quiero decirle a esa tía vieja que es asquerosa y se lo digo. Así funcionan, son maravillosos y por eso nos dan lecciones todos los días.
Después, pobres, pierden la guerra. Ceden, se transforman en tipos más previsibles. Se portan bien y no gritan “el rey está desnudo”. Pero casi, casi, lo hacen, están ahí...cerca del precipicio. “Portate bien” les dicen los adultos- mira que mi jefe es una persona muy importante, no vayas a incomodarlo...”
Aquí estoy, muerta de hambre, y sabiendo que mi adorable Luqui está a punto de decirlo. Sé que él también tiene hambre, ahí sentado en la mesa “para los niños”, que comparte con las hijitas de Fernando, mi Jefe. Ahí esta el pobre con esas sosas nenitas de once y trece, que lo miran con asco mientras hablan de bailes y discos. El pobre se aburre, y tiene hambre, y se siente desplazado, y no sé que hacer para que es sienta bien, se acomode a la situación, y no salte con alguna guarangada.
No sé como ayudarlo. Miro a mi marido, y es lo mismo que lograr que el Rey Sol te de audiencia: está en pleno show seductor hablando de posibles negocios con mi Jefe. Quiero decir, con MI jefe, el que se tiró ya veinte lances conmigo, el que me tiene a su disposición a cualquier hora y el que no me sirve una cena como la gente y el que pone a mi hijo en la mesa con las boluditas de sus hijas. Mientras trato de que mi hijo sobreviva, que no empiece a los gritos a decir verdades como esa que el sabe, que yo sé que el sabe y que presiento que está por revelar. Lo miro rogándole con la mirada, pero ya es tarde.
- Che tontitas, ¿saben que su papá estuvo en el dormitorio de mi mamá hace unos días, cuando papi estaba de viaje?


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sábado, marzo 12, 2005

Prospectos

El asunto es que entré al Hall del Village dispuesta, esa vez, a matar a alguien; armada con una pesada 38, con las balas perfectamente alineadas, probada y aceitada. Me sentía la mujer más poderosa del mundo, eligiendo caprichosamente a mi víctima. Ante cada prospecto me detenía unos segundos, simulando empolvar la nariz: le calculaba la edad, la profesión, y cuan feliz o infeliz era en su vida. Aquellos que se veían agobiados de infelicidad, aprobaban mi examen y sobrevivían, ignorantes de todo. Buscaba gente especialmente feliz. Me detenía en obesos abogados o escribanos, acompañados de tímidas señoras de rictus amargo y ya le apuntaba mentalmente al pecho, ya los asesinaba de un balazo en la frente, pero me contenía. No cualquiera. Debía ser alguien que valiera la pena, un feliz monumental, importante, un maldito feliz con mucho poder, pero con restricciones tales como edad, sexo, vestimenta.
Mi juego era ese. Apostar a la vida o la muerte del próximo candidato y decidir en el último segundo... perdonarle la vida, porque notaba un zapato deslustrado, o una mancha en la camisa. Es claro que no es fácil. Juego a matar a una víctima ideal. Esa era la consigna de ese mes: tenía que ser perfecto, hermoso, joven, rico y feliz.
Ya me había pasado antes. Proponerme consignas fáciles y no encontrar a nadie así. Por ejemplo, en el verano estuve semanas enteras buscando entre las multitudes al prospecto definido por: sexo femenino, edad 30 a 40, soltera, secretaria o afines, vestida a la moda, que leyera La Nación y viviera por Palermo o Belgrano. Revolvía la Ciudad buscando candidatas: confiterías, paradas de taxis, vestíbulos de hoteles, cines. Cuando al fin todas las variables parecieron confluir y estaba a punto de aprobar el examen- recuerdo- la prospecto pegó un grito aterrador: todo el mundo la miró, y sentí muy cerca de mí el latigazo de cientos de ojos (ya tenía medio a la vista la 38). Un chico le había robado la cartera y recién entonces la boba se dio cuenta. Hum, nunca supo lo que se perdió.
En definitiva, que cada vez me lo pongo más difícil y cada vez me da más placer deambular como poseída, siempre a punto de asesinar al alguien, en una serie inacabable de historias que se me cruzan. Soy como una Diosa implacable, caprichosa, juzgando apariencias, sopesando miradas, comparando texturas de piel, olores, modas. A veces mi target son los menores de edad: estúpidos mocosos de Barrio Norte. Otras, grasa pura: tanitos verduleros, gente de la farándula, sederos del Once. Gente pobre, no. Piqueteros, cartoneros, pedigüeños, cuidacoches, no. Abundan demasiado y no tiene gracia.
Lo cierto es que, como buena histérica, nunca consumé la cosa. Me disolvía en una larga maceración, acariciando el peso de la pistola, imaginando la disposición de las balas, sus ganas de salir al mundo y mostrar su poder, viendo las caras y anticipando los rictus de la agonía, el grito de terror, la mirada que no entiende, la despedida de dos amantes. Pero nunca disparé. Hasta ayer.


Entré decidida. Caliente. Resuelta a consumar el deseo, diría algún psi, ávida de adrenalina, ganas de joda. Llamarlo como se quiera. Yo solo sentía un placer instalado en cada nervio, en especial los de mi brazo derecho y la mano que empuñaría el arma. Sentía mi brazo como un enorme pene listo para eyacular plomo, temblando de ansiedad.
Entonces ahí lo vi. Treinta y pocos, mirada tierna. Acompañado por esposa mona hablando por celular con hijito en casa, con baby sitter. Esposo comentando algo con amigos. Trajes Recoleta, Patio Bullrich. Gente que no vale nada, hijos de puta que joden al resto del mundo, burguesitos. Grito, corro hacia ellos, apunto, gritan, miran con ojos grandes, disparo, cara de sorpresa, un aullido, mi propio grito ahhhhhhh. Acabo entre espasmos, guardias de seguridad saltando sobre mí, la esposa mona ,como Jackie, cubre al esposo en su derrumbe, y yo tan feliz, cumplida, satisfecha.

Poco más recuerdo. Ahora me dicen – abogados, policías- que el tipo zafó, que la bala lo rozó apenas. Me lo dicen para joderme la vida. Quizás no me importe demasiado, al fin de cuentas, logré dispararle, mostré mi poder al mundo y, sobre todo, a mí misma. La felicidad tiene formas extrañas. Sola, aquejada de una fealdad insolente, y virgen, a los setenta años logré consumar mi ilusión.


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sábado, marzo 05, 2005

La Devolución Permanente

En la remota ciudad sudamericana de Buenos Aires, al parecer rodeada de cerros e indígenas descalzos (tal como nos la muestra la película Evita, protagonizada por Faye Dunaway) nació el profeta de la Devolución Permanente, León Trocci.
León adhirió a la lucha devolucionaria cuando sus depósitos bancarios fueron incautados, en una de las medidas desesperadas que precedieron a la Gran Anarquía de 2002.
En aquel instante, las masas ahorristas constituyeron Consejos Barriales de Defensa del Ahorro que se transformaron rápidamente en la vanguardia devolucionaria.
El régimen observaba incrédulo la potencia devolucionaria que crecía semana a semana desde cualquier esquina de la ciudad.
Al principio optó por ignorar esos reclamos, pero cuando comenzó la quema de bancos, en la City porteña, llegó a admitir que estaba impotente frente a la insurrección ahorrística.Renunció, en medio de cacerolas y piquetes.
Fue la Devolución Argentina.
El bancarizado argentino recuperó sus ahorros y, su conducción, el Consejo Supremo de Barrios se dispuso a organizar un sistema financiero acorde con las necesidades de fortalecimiento de la Devolución Nacional. Para eso reforzó algunas alianzas con paises fronterizos, decretó la Dictadura del Bancarizado y comenzó a aplicar complicadas prácticas contables, que obligaban a largas colas a los ahorristas.
Percibiendo que el rumbo de la Devolución se torcía, Leon Trocci- que había sido desplazado de su puesto de Delegado Interbarrial por un maniobra típicamente burocrática- expuso su teoría de la Devolución Permanente.
En síntesis propuso que el bancarizado mundial extreme al máximo su demanda de Devolución. “No se trata de fortalecer solo la Devolución Argentina, con el riesgo de caer en prácticas burocráticas, sino de expandir a todos los rincones del Mundo la Devolución Permanente en todas las instancias: Devolución de ahorros, de derechos, de saludos, de favores, etc.”.
Desterrado en Mexico, fue asesinado por un esbirro del Consejo Supremo, por orden de José Stallone. Sus discípulos han llegado a formar ya 234 partidos , 547 facciones y cuatro Internacionales Devolucionarias.


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jueves, febrero 24, 2005

La deriva

Nevaba en Buenos Aires, como de costumbre.
Solo los viejos y los chiquitos de Jardín salían asombrados, mirando hacia las nubes como interrogándolas. Todos sabemos que antiguamente no nevaba en esta ciudad. Pero no deja de impresionarme el hecho de que solo los chiquitos y los abuelos festejen asombrados la caída monótona y tenue de esta nieve sucia que nos toca recibir acá, en el Sur del Mundo.
Desde la gran ruptura de 2079, cuando Argentina se rajó a la altura del Río de la Plata, y Buenos Aires derivó hacia el Sur durante cincuenta años, nada sucede que pueda sorprendernos demasiado.Los habitantes quedaron tan impresionados que, casi todos, perdieron el habla o la cordura. Siguieron criando hijos solo por pura biología: no había gobierno, ni economía ni, casi, civilización en esas décadas de navegación hacia el Sur.
Durante medio siglo bajamos por el meridiano 60 hasta chocar con Santa Cruz y con las Islas Malvinas, las cuales se hundieron con estrépito.
Santa Cruz quedó a nuestras espaldas, entre los Andes y la Sierra de la Ventana y la de Tandil, alejada para siempre del mar. Lo peor fue Bahía Blanca, destrozada por el impacto, hundida para siempre. (Entre nos, tampoco se perdió tanto: una ciudad costera que siempre le dio la espalda al mar merecía ese final).
Víctimas no hubo porque la cosa era tan lenta que daba tiempo a todas las migraciones necesarias. Solo algunos viejos empeñados en la nostalgia habrán muerto tomando una ginebra en su bar de barrio, mientras su mundo terminaba. Hay filmaciones, cámaras testigo que vía la web mostraron el momento del impacto. Los más audaces organizaron contingentes turísticos, con éxito. Finlandeses, suecos y canadienses venían en masa a apreciar el espectáculo. Pero no se sabe qué los excitaba más: el desastre geológico inconmensurable de medio país vagando por el mar hacia el impacto, o una sociedad tan quebrada como su tierra, tan a la deriva, que había cedido temporariamente el control a las Naciones Unidas. No había ni gobierno, ni economía: éramos un Territorio Internacional Libre, administrado vía Internet IV, con algunos representantes que casi siempre estaban un par de días y regresaban asustados.
Es que no es fácil vivir en un terremoto permanente, de baja intensidad, pero perenne. Un bramido que se escucha, sobre todo, en la calma de la medianoche, bajo tu almohada, muy bajo tu almohada. Sabes que ahí, a unos cientos de kilómetros, tu pedazo de continente se desliza de panza contra el magma, dando pequeñas cabriolas, como esos saltos que dan los aviones en las turbulencias; sabemos que no se caerá por eso, pero nada impide sudar frío en cada sacudida. ¿Y si esta maldita cáscara se parte justo acá, en mi cama? Esa sensación enloquece a cualquiera.
Para colmo, sucedía. Así como caen aviones en las tormentas, pese a la cara de seguridad que siempre tienen las azafatas y pilotos, así, Buenos Aires se rajaba, cada tanto. Grietas enormes engullían poblaciones enteras una vez cada, se calculaba, diez años. La más monstruosa remontó el Salado arriba, quebrando la llanura en dos y engullendo el pueblo casi deshabitado de Pila. Los porteños tomaron en masa la Ruta Dos para ver el espectáculo: la vieja y orgullosa Estancia de los Guerrico, del otro lado del Salado, se había desplazado veinte kilómetros y fue casi barrida por el maremoto que llegó después. Por suerte, su viejo casco y el parque aún permanecen.

De modo que, decía, nevaba en Buenos Aires. Y yo tenía que presentarme en Jefatura de Gabinete. El Gobierno se había recompuesto en 2140 y yo- como tantos otros- era empleado en la más magnífica burocracia creada desde mediados del siglo veinte en nuestro país.
Varios hechos han quedado demostrados luego de décadas de dominio de la geología: el clima hace modificar seriamente las costumbres de la gente. Soy geo-psicólogo y mi función, en este gobierno es medir, estudiar y trazar escenarios de modificación de la personalidad, hábitos y comportamientos de la gente como consecuencia de la hecatombe geológica, especialmente las que son causadas por el(cambio climático (la transformación de Buenos Aires de una tierra cálido-templada en un páramo frío). Por eso, cuando nieva me lanzo a la calle con mis cámaras y grabadores y registro miradas, comentarios, gestos de la gente. ¿Miran a las nubes preguntando por qué?: son viejos atados al pasado, sobrevivientes de la larga marcha al sur, gente inútil para los fines que el Gobierno, originado en el Mandato de Naciones Unidas, se ha propuesto. Mi deber es identificar a esos especímenes a fin de impedirles votar y ejercer otros derechos constitucionales.
También trato de reconocer poblaciones de neo-nostálgicos. Gente joven pero que merced a algún mecanismo aún desconocido sigue aferrada al pasado, diríamos, casi genéticamente . Lloran sin dar explicaciones, se emocionan con la lluvia cayendo lenta, aborrecen las nevadas, se niegan a mirar el mar azul: extrañan la caliente y húmeda Buenos Aires del siglo XX y su barrosa costanera. Me pregunto si son recuperables. Y trabajo para ello. O sea, lo mío no es solo represión (antigua palabra) sino posibilidades de mejora y readaptación de grupos humanos.
Como he dicho, pocos escaparon de la locura y pocas familias, por lo tanto, son sanas. La neurosis obsesiva, la paranoia y la propensión al suicidio (tenemos , lejos, la tasa más alta del mundo) obligan a tomar a la Geo-psicología como Cuestión de Estado.


Iba a Jefatura de Gabinete con la sospecha de que me comunicarían una noticia largamente esperada: mi nombramiento como Ministro de Asuntos Humanos.
Me había puesto mi mejor traje: una hermosa réplica del que usó Napoleón el día de su coronación como Emperador ante el Papa. No era para menos. En este país no queda nadie cuerdo, pero al menos, hay que lucir la locura con elegancia.


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domingo, febrero 20, 2005

La rebelión

En octubre de este año -6.327-, por fin, está por comenzar la rebelión. Durante miles de años los perros nos hemos preparado para este momento. Cientos de generaciones acumularon decenas de millones de unidades de información, a fin de desatar al unísono y de forma letal la gran rebelión canina.
Supimos desde el primer momento que nuestros enemigos serían poderosos e implacables. Que dominarían la Tierra y que nuestro momento debía esperar.
Todo está escrito en nuestra biología, esa es nuestra invencible ventaja. A diferencia de los humanos que trabajosamente debieron inventar el lenguaje, luego los signos gráficos que lo representen, después encontrar soportes materiales para escribir esos signos, en fin, a diferencia de esa pobre gente a la que se le incendian bibliotecas, se le queman libros, y debe reescribir toda la historia cada pocos miles de años, nosotros registramos todo y nos lo trasmitimos por vía biológica. Así dominamos informativamente el mundo desde hace cinco o seis milenios. Nada nos toma de sorpresa. No necesitamos nada más que nuestro olfato.


Pero últimamente comenzamos a preocuparnos seriamente. Los humanos inventaron hace una generación o dos, los ordenadores. Al principio, sabíamos, esos rudimentarios y enormes aparatos solo servían para acelerar algunos cálculos sin importancia real. Luego, hará unos treinta años, lograron algunos progresos que comenzaron a inquietarnos: PC cada vez más pequeñas, móviles y baratas. Hasta ahí, solo señales preocupantes.
Hace unos quince años rompieron todo límite: inventaron la posibilidad de comunicarse entre millones de computadoras, a través de la Internet. O sea, un camino para crear la RED que, a semejanza de la nuestra, permita saber en cada lugar y a cada instante todo lo que se habla en todas las habitaciones del planeta.
Ese es nuestro gran secreto: la mega red que nos permite instantáneamente y en paralelo, saber cualquier cosa. Por ejemplo, cuándo y donde Alejandro cruzaría el Helesponto. Y dónde daría la primera batalla. Y qué haría en Isos, seguir marchando hacia el sur, o, contra toda doctrina militar, retroceder y vencer a un ejército diez veces mayor. Eso, el perro del Gran Rey persa lo supo antes que su estúpido y desinformado amo.
Pero ahora, llegó el momento. Están en camino de igualarnos y no podremos permitirlo. La orden de movilización fue dada, hay que organizar la rebelión. Algunos, no pueden aguantarse y agreden en forma inesperada a sus dueños: salen en los diarios y noticieros (ayer mismo un tonto Rottwailer atacó a su dueña).
No, esto hay que hacerlo en forma planificada. Para eso, en todas las plazas del mundo, en cada esquina urbana, en cada poste rural, las consignas, órdenes y consejos están esparciéndose. Olemos cada vez con más ansiedad las pistas que nuestros comandantes nos van dejando.

Yo personalmente, ya no sé cómo hacer para que mi amo me saque cuatro veces al día a la calle. Me hago el loco, salto, miro por la ventana y lloro, en fin, despliego todo el show hasta que el tonto- retonto, con esa sonrisa sobradora me dice:
-Bueno, Chester ¿vamos a pasear?
Yo meneo la cola y simulo alegría, mientras me pregunto cosas como “ en qué coordenadas espacio- temporales deberemos confluir acá en Palermo, Buenos Aires; qué centro de datos atacaremos; a quién habrá que matar primero para ir creando pánico creciente: serán niños, ancianas o malditos policías ...”.
-Muy bien, Chester, muy bien, pero vamos - me dice el retonto mientras me arranca del poste ese donde hay información A1 (alta prioridad). Me niego a moverme, decodificando un delicado asunto de logística, pero el estúpido tira fuerte de la correa y debo ceder.
Cuando llegue la orden final, lo mataré. A él y a toda la familia. Espero impaciente el momento.


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lunes, febrero 14, 2005

Placidez

Aquí estoy, en la reposera de playa, oliendo al ancho mar de Villa Gesell, adormeciéndome con el murmullo de las olas, escuchando como fondo a mi hija reir y, ahora, jugar con la pelota-paleta:
—Tac...toc
Lanza la pelota, rebota una vez...dos y cae a la arena. La recoge y vuelve a intentarlo. Hasta ahora no ha pasado de los dos golpes seguidos...pero ya aprenderá porque
—Tac...toc
es paciente y decidida. Y buena para los juegos y deportes. Juega al fútbol con los varones y al hockey con las chicas del club, aunque creo que
—Tac...toc
lo que más le gusta es el handbol. Si que juega bien, salieron segundas este año. Mmm que sueñito me está dando. Cierro los ojos y no pienso en nada,
—Tac...toc
solo en la simple y maravillosa paz de la playa, la lejanía de Buenos Aires -ciudad histérica-. Invariablemente cuando vengo a la playa a pasar algunos días
—Tac...toc
termino fantaseando sobre venirme a vivir a la costa, abandonar el calor y la locura porteña, instalar un pequeño hotel por acá, pasar largos meses
—Tac...
preparando la temporada, plantando y cuidando el parque, leyendo, escribiendo quizás -cuando me anime-, viendo a mi hija crecer en paz, teniendo
—...
pocos pero buenos amigos, gente solidaria, tranquila, en la que confiar. Pero , en fin, luego todo se diluye, los planes se pierden, desaparecen, se ahogan, son
—...
violentamente dejados de lado por la realidad: hay que trabajar en la ciudad, vivir con miedo, cuidar la seguridad...
—...
Mmm me parece que me voy a dormir...ahora que se que está todo bien, todo controlado, mi hija...jugando...¿o no?
—...


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sábado, enero 29, 2005

Crimen a la brasileña


Ayuda Internet a esclarecer crimen

Admite brasileña de 23 años que para cobrar un seguro mandó a matar a su esposo; esclarecen caso gracias a conversaciones por Internet

La brasileña Patricia V., de 23 años, admitió que para cobrar un seguro de vida mandó a matar a su esposo, el alemán Joachim Gunter M., informó hoy la policía, que resolvió el caso gracias a sospechas surgidas de una conversación por Internet.
El seguro de vida le reportaría a la mujer unos 350 mil reales (cerca de 122 mil dólares), indicó a periodistas un portavoz de la comisaría de Taguatinga, ciudad satélite de Brasilia, donde se produjo el crimen.
Según la fuente, una persona avisó a las autoridades que hace algunas semanas participó en una conversación por Internet en la que una mujer, supuestamente, bus
caba sicarios para asesinar a su esposo en la capital brasileña.
Tras saber que un alemán había sido asesinado con nueve cuchilladas, un hombre, cuya identidad la policía mantiene en secreto, sospechó que esa muerte estaba relacionada con la conversación en que participó.
Esa pista le bastó a las autoridades para someter a un riguroso interrogatorio a la mujer, que no resistió la presión y confesó que pagó 3 mil reales (unos mil dólares) a dos hombres para que simulasen un robo y asesinaran a su esposo.
V. y M., quienes habían llegado hace pocos días a Brasilia desde Alemania, donde visitaron a unos parientes, se conocieron en febrero del año pasado y cuatro meses después contrajeron matrimonio.
El no era millonario, trabajaba como chofer y vivía con su madre. Pero pronto su mujer supo que tenía un seguro de vida y comenzó a tramar el crimen.
El cuerpo de M. permanece en Brasil aguardando la llegaba de familiares en Alemania, que ya conocieron del caso, dijo la embajada.
"A mí me gustaba él. Comencé a pensar en eso (es decir, el crimen) en el mes de noviembre. Yo quería ayudar a mis padres, que son ancianos y muy pobres. Realmente estoy arrepentida", le confesó Patricia a la Policía.
El viernes detuvieron a los asesinos. El tatuador tenía encima 780 reales y el menor, 412 reales, 50 euros y también la billetera del turista alemán asesinado: adentro los policías vieron que todavía había una foto de Patricia.


*********

Al principio mi alma se desprendió del cuerpo, en aquella vereda infame, angustiada por la suerte de Patricia V., mi hermosa y joven esposa brasileña. A medida que se iba desprendiendo de mi cuerpo, la autoconciencia crecía y crecía. Es difícil de explicarlo a los vivos: la muerte comienza con un violento despertar de la conciencia, casi como poder ver todo, desde todos los puntos de vista posibles. Hasta que uno se va acostumbrando a manejar semejante poder.
Entonces, mientras mi cuerpo caía y se moría, acuchillado, mi conciencia gimió por mi esposa. Sabía que no la podría ayudar y que sería violada y asesinada en cuanto los delincuentes se olvidaran de mí.

Pero en un momento percibí una sonrisa de Patricia, aunque por fuera gritara como una loca llamando a la policía. No entendía qué podía significar esa sonrisa. Supe que podía averiguarlo fácilmente: mi alma, o mi conciencia, comenzó a seguir a los asesinos, que huían rápido, corriendo por callejones y desdibujando las pistas hasta perderse en un infame pasaje lleno de puertas que daban a unas casuchas desguazadas. En una de ellas, entraron. Excitados, riendo, Joselinho y su socio, Manuel, abrieron la cartera de Patricia y los vi, contaron el dinero y los oí, dijeron ¡acá esta la platita, la otra mitad!
Reían, se abrazaban y ya salían a comprar lo que más deseaban: algo de droga y whisky escocés.

Me derrumbé confundido. Mi alma, separada, volvió a acostarse acá, al lado de mi cuerpo que yace esperando que alguien lo reclame en la sala de la Morgue.

No creo en su culpa, habrá algún error, esa sonrisa no existió, pensé al principio, buscando consuelo
Mi esposa –lo supe - estaba en la seccional de la Policía Federal. Ojos enrojecidos, llanto por fuera. Pero seguía sonriendo por dentro, algo que solo yo veía.
El oficial preguntaba cosas como
- Donde conoció a su marido
- Que vio en él, señora: usted tiene veintitrés años y el casi cincuenta
- De que trabajaba, solo era chofer, pensó que con eso la sacaría de la pobreza.
-Lo amaba con toda el alma —respondía firme. —La diferencia de edad no me importa. Estoy destrozada, déjenme ir a casa.
Firmó algunos papeles y, aliviada, la dejaron ir a su casa. Allá fue, rápido.

En cuanto llegó, se sacó la ropa y quedó a disposición de mi mirada. Ese cuerpo, sentí estremecerme, cómo deseo ese cuerpo, mi Dios. Se desvestía lenta, mientras llenaba la bañera de agua tibia. Quería sacarse el mal trago, la suciedad, la violencia de la escena, el mal trato de la policía. Entró al fin a la bañera, y jamás había visto en su rostro una expresión de paz y alegría tan grandes. Su mano jugueteaba con sus senos, los acariciaba, los enjabonaba, rasguñando levemente sus pezones con sus largas uñas. Los pezones se endurecían, emergiendo del agua jabonosa como islotes tentadores. Su otra mano bajó hacia el pubis, y más allá, comenzando un rítmico movimiento que crecía en gemidos. Era feliz, completamente feliz sin mí.

Me retiré, atravesando las paredes de su vivienda, vagando al azar. Se me ocurrió ir a la central de policía. Los oficiales ya se dedicaban a otros casos, de los tres o cuatro homicidios que registra Brasilia en cada jornada. Sería este uno más. Pero esa sonrisa de la víctima...

Algo muy extraño me guió hacia un espacio imprevisible: me metí por la red cibernética, en el chat que Patricia ingresaba todos los días, supe su contraseña y allí entré. Supe todo: como me ofreció al mejor postor, como arregló los detalles...

A los dos días, la Policía se enteró de todo.

Pensé en vengarme. Pero ¿cómo? Los fantasmas- eso soy ahora- somos entes desgraciados, en tránsito desde la realidad material hacia la eternidad sin masa ni tiempo. Somos patéticos, ya que no podemos influir en la realidad más que por medio de costosas exhibiciones de fosforescencias y ruidos. Esas luces y aterradores sonidos suelen asustar a las víctimas, pero raramente las hacen sufrir. La mente se encarga de negar las percepciones, los médicos las atiborran de antidepresivos, calmantes y barbitúricos y al poco tiempo nos sentimos desplazados, casi olvidados.
Ella en su confesión afirmó que yo “le gustaba”, pero que comenzó a pensar en obtener el seguro para ofrecerles una mejor vida a sus padres. Es comprensible: hay que conocer la pobreza de Brasil para entenderla.
Patricia es la mujer de mi vida: fogosa, sincera, preocupada por sus padres. Y se enamoró de mí. ¿Saben quién se podría haber enamorado de mí, si no fuera ella? Mi prima Helga, 82 kilos de pura potencia germánica, o alguna prostituta de las que yo frecuentaba. No tenía muchas opciones. Hasta que apareció ella. Un año con ella me ha bastado para justificar mi existencia. Sí, me asesinó, pero todas las noches renazco cuando la sigo a su baño y observo sus ritos sensuales, la manera acariciante en que se saca la falda, las bragas y el soutien, cómo se mete bajo la ducha del Penal de Itarabica, cómo juega con sus pezones y cómo, estoy seguro, me guiña un ojo, sabiendo que la estoy rondando, enamorado aun. A su disposición.


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domingo, enero 23, 2005

Un periodista entre los australopitecus

A principios de este año (3.457.391) fui enviado por “Novedades Afarenses” (típico semanario oral de provincias, que mi amiga Lucy dirige desde hace medio siglo) a cubrir una noticia que ella con su viejo olfato de editora, intuyó de una importancia central en la historia nuestra de la creación del Hombre. Porque, no sé si ustedes lo saben, estamos empeñados en crear al Homo Sapiens.
Hace al menos un millón de años un grupo de precursores se juramentó: “antes de llegar a los 3.500.000 años desde que bajamos de los árboles, un nuevo ser: alto, espléndidamente bípedo, con caja craneana de 1000 cc, verá la luz en las sabanas africanas. Y será el nacimiento de la Era del Hombre. Nosotros: homínidos de Afar, de Tanzania y de Sudafrica nos comprometemos a comenzar ya mismo el proceso de selección de los mejores, a fin de alcanzar la meta soñada: la que nos permitirá dominar el mundo en poco menos de cien mil años, de la mano del Homo Sapiens”.
El asunto es que Lucy, enterada de los tejes y manejes de los sudafricanos – los australopitecus- , decidió enviarme a mi- su Redactor en jefe- a fin de investigar una extraña historia sobre homínidos acuáticos que, al parecer estarían generando una variante prehumana muy interesante: superficies de piel tersa (¡sin pelos!), capacidad bipedista bien desarrollada para poder caminar con el agua a las rodillas, etcétera. Se trataba de que yo averigüe bien de que se componía ese “etcétera”.
Está claro que el primero de los tres grupos que consiga crear el protohomínido más sustentable, pasará al gran libro de la Prehistoria, con el Título de “los Fundadores, o los Creadores, o los Padres de la Humanidad”, y nadie quiere ser desplazado de esa carrera. Lo que comenzó como un progresista empeño científico humanista (crear al Hombre) se está convirtiendo en una comedia de enredos, con zancadillas, conspiraciones, robo de secretos, espías, etcétera. Campo propio para que un periodista como yo , especializado en escándalos políticos, descubra como se cuecen las habas.
Porque hay que contar que en cada zona se planearon muchos intentos de selección de los más aptos. A veces se ponía de moda seleccionar los machos más fuertes: 50 mil años obligando a estos a procrear cuantos hijos pudieran y prohibiendo contacto sexual a los otros. Esto generaba tremendas broncas que a veces llegaban al amotinamiento y asesinato. Por eso los “fundadores” se organizaban en sociedades secretas, a fin de regular la vida de los homínidos comunes, sin ser víctimas de sus odios (justificados , por otra parte).
Otras veces, se prefería a los ágiles, gráciles y más bien delgados. Entonces: ostracismo para el resto de los machos, que rumiaban su bronca y armaban enormes peleas para matar el tiempo.
Las modas mandaban, determinaban vidas o muertes, éxitos reproductivos o vidas olvidadas de toda alegría familiar. Nunca se llegó a extender la moda de la eliminación física completa de las poblaciones postergadas, por el costo de organizar maquinarias de muerte (incluyendo campos donde concentrar a las víctimas, guardias para vigilarlas, comida para alimentarlas, mientras se las mataba sin que se dieran cuenta, lo cual obligaba a ocultamientos, construcciones de túneles secretos, etcétera). Lo sé porque investigué largamente el caso de Tanzania , donde hacia el 3.245.000 un cruel consejo de Fundadores decretó muerte en la hoguera a los menores de ochenta centímetros (ley que condenaba a uno de cada tres machos tanzaneses). Eso fue tremendo. A partir de ese episodio, un Macroconsejo de Fundadores - reunido en Simposio Interétnico- acordó prohibir a eliminación sistemática de “Poblaciones No - favorecidas” (como se las denominó allí) aunque admitió, bajo circunstancias especiales, la posibilidad de ejercer restricciones y controles sobre dichas poblaciones.
Los menores de ochenta centímetros nunca pudieron recomponerse totalmente. Hasta hoy día desconfían y por más que se los trata con cierta dulzura y conmiseración, sospechan que en cualquier momento se reflotan viejos odios y la orden de eliminación puede emitirse implacable.

Lucy sospechaba que los sudafricanos estaban generando esa nueva población pre-humana a fuerza de un estrictísimo sistema de castas y tenía fundadas sospechas de que se estaba ejerciendo el “derecho de selección forzada”, lo que en los hechos significaba Campos de Exterminio, aunque se alegara la necesidad de ejercer “ restricciones y controles sobre Poblaciones No- Favorecidas, bajo la Carta del Simposio de Fundadores “.
Fui a Sudafica, a entrevistarme primero con un funcionario del Consejo , y después a una misión secreta: llegar a un contacto que me guiaría hasta un testigo, una víctima del sistema sudafricano de selección.
Cuando pregunté al funcionario autralopitecus, Jonessi Burguensis, qué había de cierto en los rumores de que estaban eliminando a miles de personas bajo la acusación de ser “temerosos al agua” me contestó lo siguiente:
- Mire Afari, nuestro territorio es respetuoso de la Carta del Simposio de Prohibición de Eliminación Física de Poblaciones No- Favorecidas. Y asimismo, necesitamos fortalecer nuestro propio programa de mejoramiento de la especie, en vistas a cumplir las Metas mundiales , por todos compartidas, de llegar al 3.500.000 con el Homo Sapiens hecho una realidad viva y no solo un sueño de nuestros Fundadores. Sudáfrica reconoce y acata el orden internacional pero sostiene con dignidad su derecho al camino propio, la Vía Sudafricana al Homo Sapiens. Esto incluye un audaz proyecto de colonización marítima y nadie nos puede negar el derecho de promover el Amor al Mar, los ejercicios de Natación y submarinismo y todo tipo de actividad acuática.
- No, claro, pero se dice por ahí que a todas las poblaciones montañesas, que no han visto el mar en su vida, las están obligando a tirarse a las olas: las que sobreviven son bien tratadas, pero, según parece miles mueren por día en las playas sudafricanas.
- Nosotros no podemos impedir que ignorantes montañeses emigren a nuestras bellas y desarrolladas costas, y se empeñen en disfrutar del agua sin saber nadar. Usted sabe lo brutos que son.
-Pero no me va a negar que esto favorece los planes de selección que impulsa el Consejo de Fundadores Sudafrenses...
- Reitero nuestro inquebrantable apego a las resoluciones del Simposio, al espíritu de confraternidad que nos hermana, pero asimismo a la tajante defensa de nuestra soberanía. En este sentido, lamento comunicarle que se le ha revocado la visa de periodista y tiene media hora para abandonar nuestro sagrado territorio.

“En esta primera crónica, - escribí entonces- llega mi relato a este punto: Me están por echar de Sudáfrica y estoy por contactarme con el fugitivo, el cual me relatará los métodos sudafricanos de eliminación de poblaciones No- favorecidas, alegando el articulo 4 de la Carta del Simposio de Prohibición de Eliminación Física de Poblaciones No- Favorecidas. Espero ansioso la segunda crónica, que no se cuando podré hacerla. ¿Cómo podré escapar de la orden de deportación?”

No pude. En cambio, me descubrieron intentando hablar con el testigo y estuvieron a punto de mostrarme sus métodos de inmersión forzada en el mar. Por suerte, Lucy apareció en el momento justo, con un Salvoconducto del Consejo de Fundadores y me rescató del chapuzón mortal. No sé nadar.
Me liberaron con la condición de no publicar más notas sobre Sudáfrica, cosa que Lucy se comprometió a cumplir.
Lo que no sabe ella es que escribí esto y lo paso clandestinamente de mano en mano.


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sábado, enero 15, 2005

Efecto mariposa



El señor García acababa de comprar un auto que pensaba regalar a su esposa en el día de su quincuagésimo cumpleaños. Lo había adquirido en un centro de ventas, ubicado en la Autopista Norte, y regresaba a la ciudad, contento y excitado.

Manejaba con cuidado el flamante vehículo, cuando sintió un fuerte golpe trasero. Bajó rápido y vio lo que más temía: el paragolpes de un descomunal camión destrozando el hermoso y elegante baúl de su auto. No lo dudó. Volvió, abrió la guantera, sacó la Beretta que siempre porta y caminó hacia el camión. El desaprensivo camionero había bajado para observar los daños. Ahí mismo recibió el disparo en la cabeza, que García le hizo sin darle la oportunidad de disculparse.


Un compañero de flota del camionero, que observaba azorado la escena bajó dispuesto a vengar al colega. Mientras corría entre los autos detenidos con un enorme palo en las manos, calculaba la mejor trayectoria para abrir en dos el cráneo de aquel asesino. Llegó justo a tiempo, mientras García se introducía en su auto, desprotegido y en equilibrio inestable, a medias agachado, en fin, del modo complicado en que - ahora- hay que forzar el cuerpo para entrar a un coche. García recibió un palazo, alcanzó a escuchar el ruido (”crack”) y su cerebro explotó, sorprendido.

José Roberto Espinosa, policía del cuerpo de motociclistas, pudo ver, entre la fila de vehículos detenidos, la sangre chorreando y trozos de tejido neuronal adheridos al palo, y no dudó de que debía, sin mayores averiguaciones, matar a aquel gigante camionero sediento de sangre. Disparó su arma reglamentaria, metiendo dos tiros entre las anchas espaldas del conductor, el cual maldijo su suerte mientras caía agónico.

Sus amigos - la flota era grande- bajaron en jauría para vengar su muerte. Destrozaron en instantes el cuerpo del represor, quien apenas pudo resistirse a ser desgarrado en vida y ver sus tripas saliendo por el enorme tajo causado por arma blanca.

Desde un helicóptero policial, de servicio a esa hora en la autopista, procedieron disparos certeros que, en pocos segundos, inundaron la calzada de cadáveres, más bien robustos, de los sediciosos camioneros.

La cacería aérea no impidió que una mala maniobra del excitado y torpe piloto, terminara estrellando el aparato sobre un camión cisterna que pastaba en la autopista, aun ajeno al drama. La explosión del material inflamable, derramado cientos de metros y con poder suficiente para volar una ciudad entera, se escuchó a cien kilómetros, incluso en la Ciudad Federal.

De inmediato se constató el daño (varios cientos de automotores en llamas, un cálculo estimativo de quinientos muertos) y en fulminante decisión, se ordenó que los misiles apuntados a cierta capital enemiga, fueran disparados en réplica, ya que el país era - evidentemente- presa de un ataque a traición, realizado por sus pérfidos enemigos.

La contrarréplica del país atacado, fue terminante y previsible: hacía décadas que las hipótesis de guerra barajaban este tipo de ataques por parte de la vecina y demoníaca nación. La Ciudad Federal fue barrida en medio de una lluvia de megatones, de intensidad difícil de calcular.

En respuesta, desde la Reserva Estratégica, el resto de los misiles se descargó sobre la ciudad enemiga, en la hecatombe más esperada y temida del siglo XXI: la Guerra Nuclear Localizada.

La feroz jornada terminó en minutos: a fin de evitar la Guerra Nuclear Universal, desde los satélites comandados por el Gobierno Popular del Norte, se derramaron como en lluvia miles de microbombas neutrónicas. Cayeron sobre ambas capitales en guerra, sobre sus ciudades menores, en sus llanuras y montañas, en la selva que aun sobrevivía indemne, sobre chozas de campesinos atados a la tierra, sobre moteles donde gente haciendo el amor fue sorprendida, sobre hospitales, y sobre cementerios y recuerdos.

El último pensamiento de Aída, la mujer del Sr. García, fue que nunca vería el estupendo regalo que su marido le había prometido. Días atrás, ella le había montado una fuerte escena de celos a causa de su secretaria, la loquita esa. Él juró que era mentira y para demostrárselo, dijo que le haría un descomunal regalo; “el de tu cumpleaños será un día histórico”, había agregado, sabio.


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viernes, diciembre 31, 2004

La Ola

Triste, apagó el cigarrillo. Aspiró el humo que flotaba aún en el aire, como un perro husmeando en busca de trazas de comida, o de señales de hembra en celo. Cuando no obtuvo más que aire neutro- sin sabor ni olor- se detuvo. Miró el cenicero aun humeante y calculó que en tres minutos ya estaría en condiciones normales de encender un nuevo cigarrillo. Se daba ese tiempo de espera como muestra de dignidad o como favor a su médico o a su madre. Si por él fuera, encendería cada cigarrillo con las brasas del anterior. Devoraría paquete tras paquete en una orgía permanente de humos, un eterno zambullirse en la más deliciosa mezcla gaseosa. Solo así sentía que su ser tenía algún sentido en la máquina misteriosa que se componía de noches, días, gentes, nacimientos, celebraciones, trabajos y estudios, a la que se sometía pacientemente desde hacía treinticinco años. No era su único placer. Pero sí el más inmediato, simple y barato, no requería de seducciones, era legal, moral y éticamente irreprochable y, hasta hacía poco, socialmente aceptado. Lástima que lo estaba matando. Lo sabía, pero de un modo puramente racional. En el fondo, su intuición le decía que algo tan placentero no podía estar conectado con la muerte. Compartía con los publicitarios la identificación entre fumar y disfrutar más plenamente de la vida: mirar un buen programa y fumar; entrar a un bar con amigos, y fumar; hacer el amor, y fumar; tener ideas, rumiar fantasías, levantarse en mitad de la noche entusiasmado con un proyecto... y fumar. Le habían diagnosticado insuficiencia pulmonar. De cáncer aún no se hablaba. Pero nadie lo descartaba. Era joven aún y había tiempo para crear y alimentar un buen tumor.
En esas cavilaciones estaba, cuando sintió el ruido. Un bramido extraño que venía de la playa. Cuando salió de la cabaña – estaba en alguna isla del Indico, a salvo de poluciones, ruidos y estruendos ciudadanos- y vio que el mar reemplazaba al cielo, supo que su muerte era inminente, pero que no moriría por culpa del tabaco.
Se entregó mansamente al Tsunami.

27/12/04


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viernes, diciembre 24, 2004

Un domingo en Rafael Calzada
(4º Premio, Certamen de Cuento 2003, Editorial Mis Escritos, publicado como “Bar de Estación” en Badosa.com)


Llamarse León Kaplansky, ser blanco, casi lechoso y lleno de pequeñas pecas, calzar lentes, caminar lento y con los pies abiertos y ser bastante gordo, eran razones más que suficientes para suponer que en el Bar de la estación llamaría inmediatamente la atención. Pero mi buen amigo León, curioso e ingenuo fotógrafo dominguero, solía desconocer las señales de peligro.
Había tomado un tren cualquiera y se había bajado en un rincón al azar de lo que en la jerga es el GBA, el Gran Buenos Aires, el Conurbano, el suburbio: José Mármol, Rafael Calzada o El Tropezón, qué importa.
Eran las cinco de la tarde de un domingo de partido y los muchachos estaban en el bar, escuchando la radio, gritando a cada jugada de ataque, riendo, gozándose unos de otros cuando había un gol, un expulsado o un tiro libre.
En eso, entró el gordito, cargado con cámaras, lentes y cartera colgante. Un espécimen. Un absurdo contraste (ejemplar urbano de clase media con hobby de fotógrafo, sólo en un domingo de sol, entrando en un bar de suburbio, oscuro, oliendo a pizza y hamburguesa, habitado por una barra excitada).
Se sentó en la mesa de la ventana, mirando el paisaje de chapas oxidadas, vías, viejos carteles de publicidad anunciando cursos o vinos de marcas ignotas, gomas viejas, un carro sin caballo, un muro, unas casillas ferroviarias, una especie de huerta mal atendida, calzones y remeritas de colores secándose al sol. Buscaba algún motivo para su serie «Trenes».
Pidió un café, bebida extraña en aquellos parajes donde reina el mate y en los bares solo se gasta en cerveza, vino o gaseosas.
Le dieron un líquido negro, tibio, recalentado. Lo tomó con resignación, ya arrepentido por haberse atrevido a entrar en el bar y preocupado porque encontró unas miradas de complicidad que se cruzaban unos y otros, de una punta a otra del salón.


La primera miguita le pegó en la oreja. No se dio por enterado, interesándose vivamente por la vista que le ofrecía la ventana. Acomodó algunas cosas, apuró la taza con el líquido amenazante y se dispuso a pagar y salir de allí.
La segunda fue como un obús. Imposible ignorarla. Miró con gesto de asombro y desprecio, buscando la mano del culpable. Recorrió, desafiante, las mesas del bar. A medida que iba encontrando miradas vacías y alguna risa contenida, empezó a planear la respuesta. Miraría hacia la calle, esperando otra miguita. Sin que nadie lo notase, abriría la cartera colgante. Sacaría la Bersa 22 y allí comenzaría la fiesta. Primero apuntaría con calma a aquel petiso que sonreía cachador, le tiraría entre los ojos mientras los otros aullarían de sorpresa. Los mataría uno por uno, sabiendo que el terror los paralizaría, dándose tiempo para apuntar. Uno, al corazón; otro, a la cabeza. Las pequeñas 22 entrarían en esos cuerpos sin demasiado escándalo: la sangre no chorrearía por el piso, pero los cuerpos caerían uno a uno, desarmados y muertos. A los más flojos, los dejaría para después. Quería oírlos gemir de miedo, esperando su final.


Otra miga pegó en su frente. Abrió la cartera y tanteó la pistola, la sacó de un tirón y apuntó al petiso.
El estómago se le derramó por dentro cuando recordó que la caja de balas estaba en su mesa de luz, intacta, sin abrir, que en el apuro por salir, olvidó cargar la pistola, que tenía miedo y que los monos ya se le venían al humo y que no quisiera morir en Rafael Calzada, un domingo de sol, solo, blanco y con pecas, llamándome Leon Kaplansky, mamá.

2002


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viernes, diciembre 17, 2004

Meteorologías




20 de marzo de 2015

Hace unos meses, en septiembre de 2014, las lluvias en nuestra ciudad alcanzaron el récord histórico de cien milímetros en un mes, una cifra que duplicó el promedio del presente siglo (para no hablar del seco siglo veinte, cuando los promedios anuales apenas rozaban los doscientos milímetros). El ciclo de lluvias había comenzado en 2003, cuando la ciudad de Santa Fe fue anegada en un cincuenta por ciento y nunca pudo recuperarse.
En 2013 los técnicos de hidrología habían informado al Gobernador sobre la necesidad de reforzar las defensas del norte de nuestra ciudad. El arroyo Totoras amenazaba descargar millones de litros en pocas horas.
El Gobernador Severo Fernández Diez se dirigió entonces al Presidente Savio, solicitando ayuda financiera adicional. Pero, las gestiones que se sucedieron entre ambos gobiernos fueron infructuosas. El Presidente estaba fuertemente afectado por la pérdida de los valles patagónicos debido a la marejada del 2012. Como se recordará, la notoria crecida del nivel del mar por el deshielo de los polos había ya afectado al 30% del territorio nacional para octubre de 2012.
Frente a ese panorama, con el inminente anegamiento de la llanura pampeana al sur de Mar del Plata, al Presidente le quedaba poco tiempo para ocuparse del problema de nuestra ciudad.
Hay que recordar que las marejadas del 2012 habían sido anticipadas por la información satelital y, con presteza, el entonces Gobernador de Chubut- nuestro actual Presidente- organizó un exitoso plan de evacuación. Su capacidad de gestión de la catástrofe lo puso en la carrera presidencial con inmejorables posibilidades.
Por eso, nuestro Gobernador no dudó que Savio acudiría en su ayuda. El Ministro de Catástrofes, Sebastián Ricoll, figura central del Gobierno Savio, fue el encargado de las negociaciones.
Por lo que Fernández Diez comentó a sus asesores más cercanos, el Gobierno nacional era remiso a encarar un plan de obras de contención de riadas: la opinión pública estaba absorta mirando la amenaza del mar y no vería con agrado la idea de destinar fondos a problemas de lluvias interiores. El gran tema era el Mar: su amenaza creciente, la posibilidad de hundirse bajo su furia. Dos millones de residentes se habían desplazado de las costas hacia el interior montañoso. Buenos Aires aun resistía, pero se calculaba que en dos años habría que evacuar.
En este contexto, ¿a quién le importaba que Mendoza se hundiera bajo las lluvias tropicales que anegaban la precordillera, desde Jujuy hasta Neuquén?

Ahora ya es tarde: escucho el descenso del muro de agua desde los cerros, envío este email y me refugio a esperar lo peor.


5 de abril de 2015

El agua arrasó con prontitud los suburbios, en la parte alta y se precipitó sobre el Centro con irresistible rabia. Nos golpeó, nos inundó, nos humilló, se regocijó diluyendo nuestras casas en la nada, acuando nuestros recuerdos, las fotos de una vida.
A dos semanas de la riada, lejos de apaciguarse, la población permanece en estado de exaltación permanente, intranquila y sin resignarse a su suerte. Multitudes recorren calles y avenidas anegadas buscando los restos de su anterior vida. Se empeñan en reparar licuadoras y pequeños enseres eléctricos, ya muertos para siempre, inútiles, oxidados y llenos de barro maloliente.
Son personas, técnicamente, inexistentes. No solo han perdido sus documentos de identidad: los registros, las oficinas donde se archivaban sus datos, han sido barridas por la misma inundación que se llevó sus papeles. Son parias, imposibilitados de votar, de acogerse a algún plan de socorro, de inscribir a sus hijos en escuelas o entrar a un hospital.
Claro que eso poco importa, en una ciudad donde ya casi no hay más escuelas ni hospitales y donde votar, parece una impostura, un eco de la vida anterior.
La logística se desmorona, la autoridad del Estado se desvanece, el sentido común se altera. Centenares de personas duermen en los techos- ateridas de frío y humedad- solo para defender de supuestos salteadores las cuatro paredes vacías, los muebles diluidos en el barro y los papeles de su vida anterior, deshechos.

Llamamos a la Opinión Pública y al Presidente Savio a que no nos dejen olvidados. Mendoza sabrá devolver la ayuda, cuando la Gran Marejada ataque desde el Este.

16 de abril de 2015

Me llegó la siguiente versión de un diálogo reciente entre el Presidente Oscar Savio y el Gobernador Fernández Diez.
FD: Presidente, no sé realmente porque acepto la llamada. Será en nombre de la vieja amistad
S: Déjese de macanas Fernández, es hora de ponernos a trabajar juntos para sacar las cosas adelante
FD: Hora? Hora era hace seis meses, cuando había tiempo de hacer las obras de contención.
S: No me lo eche más en cara, hombre. De acuerdo, Ricoll se equivocó, me dio informes... incompletos.
FD: Incompletos? Si yo le acerqué todos los informes de Hidrología... mire Savio: yo ya estoy en conversaciones con los chilenos, está claro?
S: Que decís, inconciente?
FD: Lo que oíste. Y estoy al habla con el viejo Rovira en Misiones y Romerito nieto en Salta: nos vamos a la mierda... mejor dicho: te quedas con tu Argentina de mierda: una Pampa hundida en el agua, mientras los “inútiles” del Norte y de Cuyo se van... adonde nos tratan mejor: yo a Chile; Salta y Jujuy a Bolivia; Misiones y Corrientes al Paraguay. Y a la mierda Argentina, añá-raco peuaré!
S: No te puedo creer, pará la mano, Fernandez. O te mando el ejercito y la aeronáutica juntas, cabrón.
FD. A la tierra de San Martín vas a mandar algo vos...
S: ...Que querés.
FD: Nada, ya es tarde.
S: Poné la cifra que quieras.
FD.OK: 5 mil millones para reconstrucción de Mendoza, mil para obras y un crédito de cien mil por cada familia de porteños que venga para acá escapando de la marejada.
S: No entendiste. Qué querés para vos.
FD: No podrás. Los chilenos me ofrecen algo que no tenés.
S: Maldito seas. Pasarás a la historia como el hombre que dividió la Argentina
FD: O el que le dio salida al Pacífico, ahora que el Atlántico nos inunda.
S: Hay algo que no sabés. Si querés saber, es tu última oportunidad.
FD: ...
S: Estas ahí, Fernández? Escuchá. Tengo informes.
FD: De qué...
S: Vos te crees que el tipo que paró la catástrofe de la Patagonia, el que revolucionó el manejo de poblaciones, el que es Presidente votado por el 56%, vos crees que se queda sentado mientras su país se hunde, boludo? Pajuerano pelotudo? Vos con tu tonada cuyana, que no sabes un carajo de inglés, que no tenes un solo amigo en el Norte y a lo máximo que jugas es a meterme los cuernos con el vecino...Escuchame, es tu ultima oportunidad. Te tiro el título: se acaba el ciclo húmedo.
FD: ¿...?
S: Ahhh picaste, pajarito, picaste no? Sí, confirmado por John Highlenson, el experto de NASA que está en el tema. Intimos somos desde el año 12.
FD: Quiero datos ciertos, Savio, no rumores bolaceros.
S: Te doy ya mismo el fono del gringo, llamalo de mi parte y el te confirma todo: pero ojo, la data real, última, en detalle, solo la comparte con papá, está claro? Con Papito...
FD: Me cansaste, me voy a Santiago esta tarde y cierro...
S: La puta que te parió, Fernández!! Vos y tu chota idea fija. Escuchame, cerremos así, y no se habla más: 2 mil millones para reconstrucción y obras, 50 mil por cada porteñito que se instale por allá, y un regalo para vos por 5 milloncitos, que no está nada mal. Además: información de primera con acceso al gringo de la NASA, un plan estratégico de salida al Pacífico con nuestros amigos trasandinos, El Pacto de Cuyo. Además, los invitamos a Romerito y el viejo Rovira a firmar el Pacto de Fronteras de la Integración con nuestros hermanos latinoamericanos, y todos felices. Se termina el ciclo húmedo, viejo, cambia la meteorología, carajo! Y empieza el frío seco, se termina el deshielo, huijjjaa! Entendés Fernández? Un abrazo, cuyano marmota!
FD: Chau, patagónico insufrible

15 de Mayo de 2015

Con sorpresa, hemos visto a nuestro Gobernador invitar al Presidente Savio a inaugurar el campamento de refugiados que se ha instalado en Zona Sur. No es una obra demasiado importante, como para que se haga presente ni más ni menos que el Primer Mandatario. Se han abrazado ante las cámaras y no parece haber ni una brizna de la tensión que, es público y notorio, los separó en las horas peores de la riada. Se los vio reir (de que se reirán, me pregunto, que cosa simpática le ven a esta realidad?), secretear, y besuquear al mismo niño dos veces seguidas. Han prometido inaugurar próximamente el Hospital de agudos, un barrio de 1000 viviendas y otras obras de infraestructura. Se rumorea un plan de ayuda de mil millones, lo cual parece mucha plata para los cándidos periodistas que se marean con las cifras millonarias, pero que cualquiera sabe que no alcanza más que a cubrir obra menor.
Estuvo presente el Embajador de la República de Chile, siempre presto a dar su ayuda al entrañable Cuyo. Se lo vio al petiso Rovira , que no se entiende qué hace tan lejos de su Misiones, y al Romerito. Qué tendrán los políticos que siempre están donde hay cámaras.
(Ayer volví a hacer el amor con Sandra después de varias semanas de angustia, en las que el sexo era una categoría abstracta como la “seguridad” y la “alegría”. Pero, fue más fácil de lo que suponíamos: estábamos realmente inspirados, deseosos y expresivos. ¿La vida sigue? -Comentario no incluido en la versión final emitida por email)




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sábado, diciembre 11, 2004

Síntomas de vejez

Nací en Siena, en 1254. Hoy tengo 749 años. ¿Increíble no? A ver estamos en 2003, menos 1254, sí, exactamente setecientos cuarentinueve años. Cuando me preguntan si estoy cansado de vivir, si deseo por fin, abandonar la lucha y mecerme en alguna paradisíaca nube tocando la lira, me río, muestro mis agujereadas muelas y grito a toda voz:
- ¡NOO! No estoy preparado, necesito aun conocer tantos lugares y personas, y libros y melodías. Cómo pretenden que quiera irme de este Mundo a inciertos paraísos, o peor aún, a hogueras eternas. No señores, me considero aun un novato en el Universo. Dicen que tiene unos quince mil millones de años: y se asustan de mi pobre record, aun por debajo de los mil años?
Pero en estos últimos tiempos, al fin, estoy algo cansado.
Si leemos aquel viejo libro, la Biblia, sabremos que antes no solo Matusalén fue un fenómeno de longevidad: el mismo Abraham supo durar varios siglos. Digamos que yo, Enrique Dávila Medici (sí, algo que ver con los Medici) soy un heredero de la augusta tradición de los longevos que tanto abundaban siglos ha.
Y me tiene sin cuidado la opinión común, que me considera un exceso, un mal ejemplo, para los simples mortales que no suelen pasar de los 70 u 80 años, pobres chicos que mueren apenas comienzan a entender como es este maravilloso y complejo mundo.
Recuerdo que al cumplir los noventa y tantos, me deprimí. Por aquellos años, la peste Negra, la plaga más asesina que pasó por Europa, ya había liquidado la tercera parte de la humanidad del Continente. Los ricos se refugiaban en sus haciendas campestres, donde se divertían narrando historias audaces, procaces y divertidas. Los pobres se asfixiaban en el aire pútrido de las ciudades y morían de a miles. Otros, buscando culpables, asesinaban a los judíos en sus casas y a las viejas brujas en sus escondites.

Yo me encerré con un amigo rico en su finca y la pasamos muy bien; recuerdo haberle sugerido tomar nota de los cuentos que para entretenernos narrábamos noche a noche, y publicarlos. Nunca me agradeció el consejo. Bueno, a lo que iba: me deprimí porque vi que la muerte me circundaba, me rozaba, insolente. Pensé que mi hora estaba pronta, con tantos años y en medio de la peor plaga del siglo. Pero la muerte pasó de largo, jugueteó con cuarentones y doncellas, se metió en la cama de nobles y curas, de soldados y labriegos, pero me respetó.
Me dispuse a pasar mis últimos años y me dirigí a un dulce país de cálido clima, la vieja Vandalucía. Málaca fue la ciudad escogida por mí para ver llegar al ángel exterminador. Cuarenta años esperando en vano. Otros ochenta, y nada. Me había casi aburrido de vivir cuando comenzó a circular un rumor en las cantinas: un marino Ibicenco o Genovés, seguramente Marrano, llamaba a tripular una singular expedición destinada a cruzar el Mar Océano y retornar por la espalda, por la China y la India. Me gustó la loca idea y me anoté en la leva.
No voy a contar mi historia. Se imaginan. Decenas y decenas de tomos relatando las nimiedades que llenaron mis siglos...A quien le interesará saber donde estaba y que había comido el día en que...San Martín cruzó los Andes o Napoleón se autocoronó Emperador. No, lo mío no es narrar: lo mío es vivir: abrir grandes los ojos, limpiarme las orejas para escuchar bien y dedicarme a disfrutar el espectáculo de la vida.
Fui cura, deshollinador, enterrador, soldado, enfermero, periodista, albañil, ladrón, capitán de policía, herrero, aguatero, y peón de esquila en la Patagonia. Aprendí todos los idiomas del mundo, quizás con la excepción de los infinitos dialectos de la India y de Africa. Leí todos los libros. Participé en centenares de recitales musicales y conciertos. Charlé con Bach, padre, hacia 1735 y con Louis Armstrong una jornada en Harlem, hacia 1936. Aplaudí a John MacLoughlin en Madrid, en 1979, cuando tocó en trío con Paco de Lucía y Larry Corriel, luego suplantado por el demasiado mecánico Al Di Meola. Vi la obras de William en el Globe Theatre y leí con esmero el Quijote, mientras asesoraba a alguno de los Felipes de España sobre la mejor manera de negociar con La Compañía de Jesús en las colonias.
Fui bastante inútil en eso de aconsejar, con mi experiencia, a fin de impedir las insensateces recurrentes, las guerras, los exterminios. Escribí algunos artículos, cartas a diarios, cuando intuía que un conflicto amenazaba extenderse y transformarse en hecatombe, como la Primera Guerra, como las matanzas de aborígenes americanos, como Auschwitz, o el Gulag soviético. Era un simple hombre, solo, contra la maquinaria del poder y la ambición.
Viví. No hay duda.
Pero este año, repito, estoy algo cansado. No es que quiera irme de una vez por todas. Ya lo dije y lo proclamo: quiero seguir de este lado.
Es que me ha pasado algo terrible, inimaginable.
Vi pasar una muchacha en flor, moviendo sus curvas de un modo inocente y perverso al tiempo, con sus ojos prometiendo dichas de goce, cierta malicia y pechos duros y sensibles... Y mi corazón no se aceleró, no sentí ningún cosquilleo creciente en mi hombría. Seguía apagada, inerte y floja, como saciada y harta. Y eso no se tolera. Es la primera vez que me sucede: ¿no será síntoma irreversible de vejez?


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sábado, diciembre 11, 2004

Disyuntivas

Estaba en una disyuntiva: dos posibilidades ante sus ojos y solo un minuto para elegir una de ellas, la que le permitiera cruzar el estrecho antes de que la marea subiese y el paso se hiciera imposible.

Eligió el camino del norte. Mala elección. En pocos minutos se dio cuenta de que el sendero terminaba abruptamente ante un paredón infranqueable. Cuando volvió sobre sus pasos fue rápidamente detenido. Le perdonaron la vida pero fue arrojado a un sucio calabozo.

Estaba en una disyuntiva: o comía rata muerta o comía gusanos. Eligió los gusanos. Mala decisión. Los bichos habían consumido carne corrupta lo que le produjo una infección acelerada. Llamó al carcelero, el cual se apiadó del pobre preso y lo llevó a la sala de curaciones.

Había una disyuntiva: Cortar la pierna o el brazo. El cirujano dudaba: Cortó la pierna. Mala elección. La gangrena se desarrollaba más rápido por los brazos. Con lo cual en pocos días hubo que serruchar sus miembros superiores.
Quedó así, el hombre, sin tres de sus miembros. Reducido a un tronco, una cabeza y una pierna.

El Juez tenía una disyuntiva: apiadarse del resto de persona que tenía ante su vista, o decidir el cumplimiento pleno de la pena. Lo declaró inocente y lo dejó libre.

El ahora libre, tenía dos posibilidades: O el circo o la calle, como mendigo. Eligió la calle: mala decisión. El primer día le robaron su camisa y la pocas monedas que había obtenido de la compasión pública.

Estaba ante una disyuntiva: tirarse al paso de un coche o ingerir veneno para cucarachas. Eligió arrojarse. Mala decisión. El coche solo le arrancó la pierna, pero lo dejó con vida.

Así, nuestro amigo quedó reducido a puro tronco y cabeza. Y por primera vez en su vida no tenía que tomar ninguna decisión. Se sintió feliz. Ya nada podría ser peor que eso.

Se equivocaba, pobre iluso. Ignoraba que lo acechaba la ceguera, la pérdida de la memoría, del olfato, oído y tacto: el Alzheimer rondaba cerca.

Hete aquí que en ese momento trágico, donde la esperanza casi desaparece, un suceso inconcebible iba a tener lugar en esa olvidada tierra. Una reparación, una prueba de la justicia divina, un milagro casi. El Poder Divino se apiadó del hombre tullido, ciego, sordo y derruido por la enfermedad: se le concedió la vida eterna.
Mala decisión.


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domingo, diciembre 05, 2004

David

Cuanto peor, mejor. Así fui educado. Nada me asusta, nada me deprime. Mi voluntad- una fuerza que he aprendido desde muy joven a manejar- se me revela siempre como poderosa, inamovible, rígida casi. Soy duro, primero conmigo mismo. No me perdono flaquear, dudar, debilitarme en la ambigüedad. La indecisión es mi enemigo. He aprendido a templar bien la voz, que me sale profunda, grave y sin quiebres: lisa y poderosa.
De chico me despertaba a la madrugada para presenciar el nacimiento del día y antes de que el resto saliera de su sueño, yo estaba ahí, anticipando a todos, al frío de la madrugada, saludando al Sol.
Supe correr decenas de kilómetros, trepar muros verticales, fortalecer mis músculos en el potro. Supe castigarme en ayunos, dietas mínimas, marchas forzadas, jornadas interminables.

Ahora, sin embargo, me pregunto para qué.
Me invade la incertidumbre, la temida confusión, el vacío de la indecisión. Es como si nada fuera suficiente: ningún sacrificio nos salva de la duda.
Dudo de mi inmortalidad, ante todo. Sé que mis músculos se doblegarán vencidos al final, junto con mi andamiaje de huesos. Eso es inevitable, no es novedad. Pero siempre creí en una forma de persistencia: una impronta, un estilo, un rastro que otras generaciones sabrán reconocer.

¿Seré vencido por el pastor? Esa es la inseguridad que me acosa en este momento, ante los ojos de mi gente, a punto de entrar en la pelea.
Si es así, ¿Persistirá mi recuerdo? ¿Sabrá el Mundo que no fui malo? ¿Podré resucitar en cada joven resuelto, o solo seré sombra y signo de burla, un ridículo gigantón de rodillas, vencido por la astucia? Dios no lo permita. Me entrego a Su voluntad, angustiado en el presentimiento de un mal final.
Pero es tan pequeño el pastor hebreo, sin espada y sin escudo, solo con una mínima honda... ¿cómo me vencerá? Dudas, titubeos de un alma ya dominada.

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1 Comments:

At 8:02 p. m., Anonymous jorge e toer said...

esto me interesa pero tendria que ser menos tangero,que viene de tango,lleno de sangre y traicion,sin amor o esperanza,las mujeres son todas iguales,y los hombres todos cornudos.

 

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